Tánger, ahora, más acá

Esperaba Más allá, Tánger desde que Álvaro Valverde lo anunció hace ya algunos meses en su blog. Conocía algunas de las razones que el libro guardaba, aunque otros elementos, no menores, los descubrí en los propios poemas y en un escrito del autor.

Sabía del magnetismo de una ciudad que pertenece, por lo menos, a un tiempo y a un mundo cercanos. Por allí, por ejemplo, también pasó mi abuelo, no sé con qué motivo, y de allí trajo un reloj de bolsillo, más dorado que de oro, que guardo en un cajón, con una sola aguja, porque la otra la perdió (o se la perdieron) en un intento de arreglo que no solo fracasó en la reparación de las articulaciones sino que lo dejó mutilado para los restos.

Tánger, además, ha vivido en los últimos años una campaña publicitaria superventas, de bestsellers y shares, gracias a Un tiempo entre costuras, el libro que no he leído y la serie que sí he visto, más por Adriana Ugarte que por la trama en sí.

En cualquier caso, estos añadidos personales no aportan nada a lo fundamental. Lo comprendí a poco de avanzar en los poemas. Y al terminar el libro esas elucubraciones resultaban ya ridículas. Cada cual tiene su propio y, a veces mísero, bagaje. Y nada de mi limitada, que no corta, experiencia construía un paisaje o reconocía un lugar.

Exactamente lo contrario de lo que hace Más allá, Tánger. La poesía de Alvaro Valverde nos desvela paisajes, no siempre habitados ni siquiera habitables, fundamentalmente humanos. El lugar sin el hombre carece de sentido. Por lo que he entendido de su obra, dicho de otro modo, Álvaro Valverde invita siempre a la reflexión, a encontrar el sentido, con frecuencia inadvertido, del lugar que explica al ser humano que lo pasea, lo observa, lo comparte, lo vive.

En su último libro (publicado) vuelve a un lugar (otro, el mismo) cargado no solo de experiencias y sentido sino también de emociones. Tal vez, más emociones que en ningún otro anterior.

Esa carga no se advierte en los primeros poemas (o si se prefiere, desde los comienzos de ese poema único que es el libro completo). Esos versos son cortos, directos, casi expositivos, introductorios; una especie de acceso a la experiencia y a la vivencia que se espera y que así se anuncia.

Luego, lentamente, poco a poco, el poema se convierte en dúo, un doble viaje, el de quien vuelve a un territorio que le pertenece y añora y el de quien llega a ese mismo territorio por primera vez, aunque tras haber asumido en lo más íntimo muchas referencias, adheridas voluntaria e inevitablemente a él mismo. Las dos voces se perciben con nitidez a veces y se confunden otras, y el lector no sabe si descifra lo distinto o lo idéntico, porque la identidad del lugar es una, como lo es aquella experiencia profundamente compartida.

A la postre hay una razón que se explica, la de quien regresa con una historia y una ausencia cargadas de emoción, más allá de la nostalgia, apasionada. Y otra razón, que no se argumenta, aunque tampoco se escondan los motivos, en la que el distanciamiento respecto del lugar al que se accede sucumbe ante el compromiso con quien se ausentó de él.

Más allá, Tánger es, en fin, una propuesta hermosa, vital y emocionante, abordada con la sencillez que Álvaro Valverde persigue con denuedo, en su afán de encontrar lo más hondo en lo más simple, de alcanzar la poesía descargando a las palabras del peso de la literatura, de depurar el lenguaje hasta desnudar el verso para alcanzar la poesía.

Este libro requiere múltiples lecturas para entenderlo, para degustarlo, para disfrutarlo, para volver a Tánger, porque esta ciudad (gracias a Álvaro Valverde y no a aquellas elucubraciones del principio) también es nuestra, o mía. Ahora sí, me gustaría ir a Tánger, bajo el influjo de la emoción de quien tardó tanto tiempo en volver.

Junto a esa persona estuve en la presentación del libro en Madrid. Su relato me pareció apasionante. Lo cuenta con distancia y temblor Álvaro Valverde. Esta vez el poeta viaja a lo más íntimo, a lo que está más cerca. Eso es Tánger. Su más acá.

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