La T4 de Barajas es un mundo. Se llega a ella en taxi, metro o bien acompañado y, una vez plantado en ese enjambre de diseño, señales y luces, el viajero se ve impulsado a descifrar los códigos de un mundo sin lugares. Letras sin sonido y números sin jerarquía dirigen los destinos.
Escaleras mecánicas, pasillos, ascensores, tiendas para entretener el tiempo, laberintos de cristal, gentes que no están porque se van. Como el espacio es un señuelo, el tiempo se mide de otro modo.
Tras descender a los abismos para encontrar el tren que la llevara a un lugar distinto todavía al punto de partida, una mujer avistó el vagón y corrió a su encuentro, mientras sonaban las sirenas que advertían del cierre inmediato de las correderas.
La mujer aceleró el ritmo cuando las jambas automáticas ya echaban el cierre y blandió una bolsa verde de papel como recurso para atravesar las puertas y forzar así su retroceso. El ingenio prosiguió en su obcecación y la mujer contuvo el impulso de su cuerpo para evitar el linchamiento; aun así mantuvo el movimiento oscilante del brazo y la talega, el único elemento que penetró en el espacio del tranvía.
Las puertas se cerraron, la bolsa que contenía la última adquisición de la mujer previa a la partida fue atrapada por la cremallera, su portadora trató de liberarla por la fuerza y en el interior un hombre con aspecto ejecutivo introdujo sus manos para evitar el destrozo. Nada bastó. La bolsa prosiguió su viaje sin asiento, asida por las dos puertas, y la mujer permaneció ridícula con el cordel de las asas por recuerdo.
El próximo tren llegó en apenas tres minutos y la mujer se sentó confiada en la gentileza del hombre generoso e impotente que se sumó a su esfuerzo. Cuando el vagón alcanzó el siguiente punto de su trayecto circular, la mujer descendió y de manera instintiva miró hacia un rincón, bajo una papelera, donde descansaba la bolsa herida sin sus asas.
Sacó del interior las zapatillas con que había decidido proseguir el viaje, tal vez para sentirse más ligera. No volví a verla. Después de perder, había vencido. O viceversa. Ésa es la lógica fatal y habitual del aeropuerto.
Lo mismo, de otro modo
El aeropuerto es un lugar extraño. Sobre todo, como punto de partida. No es un lugar, tal vez un espacio. Sólo tiene sentido como parte del viaje y, sin embargo, se rodea de una parafernalia postmoderna que alcanza el éxtasis en la T4. Los viajeros se amontonan en las mesas de facturación, escrutan las máquinas automáticas, se despojan de todos los elementos metálicos, muestran la intimidad de sus valijas, pasean a ninguna parte, compran, toman escaleras, ascensores, rampas de acceso y empiezan a sentir el cambio de presión que les espera.
No se sabe por qué, pero en algún momento el mismo viajero que se demoró en la cafetería, en las tiendas tax free o en una estancia para la última llamada desde el móvil decide echarse a correr.
Le pasó a una señora que descendía delante de mí por las escaleras mecánicas que conducían al tren que debía llevarnos a la zona de salida. Vio las puertas abiertas, escuchó el sonido de las alarmas y sufrió un vértigo que la precipitó hacia el vagón. Las puertas empezaron a cerrarse antes zara, pero ella, en un intento supremo para detener el destino, se abalanzó, adelantó su brazo, bamboleó una bolsa de papel verde y la introdujo entre las jambas a punto de juntarse, que no retrocedieron; atraparon la talega y la mujer consiguió frenar su ímpetu sin estampar la nariz en los cristales. El tren se puso en marcha y la bolsa quiso arrastrar a la dueña, mientras dentro del vagón un tipo con pinta de ejecutivo pretendía sacar rédito a su inversión diaria en el gimnasio tratando de separar las portezuelas. Imposible. La mujer tiró y tiró de las asas hasta quedarse con ellas en las manos. La bolsa, desasada, aunque no desasida, lucía como una pequeña bandera verde en aquel tren sin esperanzas. El ejecutivo hizo un gesto y un guiño y la mujer se resignó a su fracaso sin girar la vista a quienes habíamos observado la batalla. Todo en silencio. El sentimiento, drama o comedia, permanecía escondido tras la frialdad del sitio.
Cuando el tren circular retornó, subimos los que vimos partir al anterior y otros muchos ajenos a la peripecia librada en el andén. Allí iba la señora. Me coloqué a su lado. Al llegar a la estación, abandonó el vagón y sin dudarlo se dirigió a un rincón, bajo una papelera, donde descansaba la bolsa verde raída. La abandonó después de extraer una chanclas que se calzó con el entusiasmo de quien reencuentra lo que había dado sentido a su esfuerzo y a su expectativa. ¡Buen viaje!
Fraude aéreo y culinario
Subo al avión y allí me encuentro con Toño Pérez, acompañado de Dani García, Paco Roncero y Ramón Freixa: están en la portada de la revista de Iberia y en los spots que empiezan a proyectar sobre los monitores del Airbus. Anuncian la comida gourmet que supuestamente nos espera. El viaje se encargará de comprobar qué gran embuste, fraude puro. Ya le diré a Toño un día que me recomiende un sandwich hecho en casa que me evite tamaña decepción la vez siguiente.
En Lima llueve
Un viaje muy largo y muy tranquilo. Fatigado tras haber recorrido 10.000 kilómetros en apenas veinte pasos en doce horas. Una vez detenido hay prisas por mover las piernas. El avión se vacía con una lentitud que desespera; llevamos medio día esperando salir de él. Por el contrario, los trámites de inmigración son rápidos y las maletas ya recorren su circuito cuando alcanzamos el espacio para la recogida de equipajes. La mía se resiste a salir, pero sale. Alguien ha acudido a recogerme.
Me acompaña hasta el hotel. En Lima no hace frío, pese a haber entrado en el invierno, pero el cielo está cubierto y llovizna; ellos dicen garúa. Me cuentan que ese mismo día ha llovido. Les resulta extraño.
Tengo ganas de dormir, pero tengo pendiente una cena.
