La cena con Paty Pérez fue eminentemente profesional. Ella es una productora de cine, peruana de origen aunque residente en Los Ángeles (el ei, que ella misma dice, aunque escriba LA), que acaba de concluir un documental: The power of food. La charla se desarrolló en un restaurante más concurrido y bullicioso que popular, de gente con oficio y algún beneficio. Me habló de su experiencia con cordialidad y sencillez, sin trucos, y le agradecí que disculpara mi sosería, atribuible, qué iba a decir, al cansancio o al jet lag, como se quiera. Para mí eran las siete de la mañana y ya se me habían pasado los primeros ardores por conocer lo ocurrido después de las elecciones.
Me lo explicaron con mayor detenimiento los interlocutores de este martes. Para empezar, una encuesta revela que el 75% de los peruanos avala a Ollanta Humala, pese a que apenas le votó el 52% y a que aún le falta un mes para tomar posesión. Por una parte, interpretan que sus primeros viajes –Argentina, Brasil, Chile– ratifican su compromiso de moderación, y que haber relegado al segundo envite su paseo por Bolivia, Ecuador y Venezuela demuestra que contiene sus anteriores compromisos populistas. Por otra, varios interlocutores insisten en que, una vez decidido el resultado electoral, ellos apoyan sin ambages al elegido; al menos, por el momento. Interpreto, no obstante, que la mayoría de quienes así se pronuncian habían votado a Ollanta. Algunos discrepan: no creen en la conversión del vencedor.
Me llama la atención que varios interlocutores coincidan en esa actitud patriótica, concepto denostado en otras latitudes, pero que aquí aparece en múltiples ocasiones, se hable de biodiversidad, de mestizaje o de gastronomía. El Comercio, atacado por los humalistas, publica un comentario que abunda en ello. Aporta una reflexión que me parece compleja: crítico, sí, porque tiene que justificar sus propios editoriales que esta muestra de la actitud patriótica puede guardar relación con intereses más concretos. No hay que fiarse.
Colijo, por tanto, que el debate se ha fijado en el terreno marcado por los analistas, los intelectuales y los medios: el gobierno debe respetar la iniciativa privada, la economía de mercado y se comprende, e incluso en ocasiones se apoya con firmeza, que el crecimiento se distribuya en los próximos años de mejor manera, que afecte también a los pobres. El Perú ha crecido al 7% anual, pese a sus gobernantes, incluido el gordo Alán García, último presidente y cuyo último detalle ha consistido en levantar un Cristo gigante sobre un cerro que se levanta junto al mar de Lima, copiado del que situado sobre el Corcovado y abierto a la bahía de Guanabara en Río de Janeiro. Dicen que así paga los favores de algunas empresas brasileiras que han invertido en Perú y consigue la bendición definitiva del cardenal, lo que le ha costado de su pecunio particular, según él mismo ha dicho, el 20% del importe de la estatua. Me la enseñó el taxista que me condujo desde el aeropuerto al hotel y me lo han repetido otros colegas a lo largo del día. Lo cuentan despreocupadamente, porque el presidente ya se va y les deja en paz.
Existe, por tanto, una oportunidad, concluye la mayoría de las personas con las que hablo y a las que pregunto. Para empezar, hay que seguir creciendo, dice la mayoría, y hay también que empezar a repartir. Sí, quizás vaya siendo hora de empezar a repartir riqueza. Me pregunto: ¿por qué a veces reclamos de que se repartan los efectos de la crisis? ¿No sería eso lo que no habría que repartir?
El día ha tenido su enjundia por una entrevista fundamental, con un personaje sobre el que hablaré algún día con detalle, y por una reunión de trabajo estimulante. Y enjundia, también, por una comida apoteósicas y una cena de reventación.
