26 de junio. Agricultores, Plaza de Armas con misa y arqueología

Madrugo. Hoy puede ser un buen día. Me quiero distraer. Pendiente de las gestiones que me preocupan, he descartado viajar fuera de Lima. He llamado al taxista del realismo mágico, Raúl Richi, pero no ha recogido la llamada. He recurrido a Coco, con el que he hecho varios viajes, para que me acompañe, durante todo el día, de un lado a otro. Hemos llegado a un acuerdo: 150 soles.

A las 9,30 de la mañana, acudo al Parque de la Exposición. O sea, vuelvo a la feria de los agricultores. Solo así podré hablar más tranquilamente con algunos de ellos. Charlo, por ejemplo, con Cornelio Hanco, un cultivador de papas a más de 4.000 metros de altura. Vive en Cuzco y con ese lugar y esa sierra se identifica. Esta vez le encuentro sin el vestuario tradicional, con prendas más funcionales para la ciudad e incluso para la faena; pero el marketin impone ciertos sacrificios con tal de poner colorines a la venta. Cornelio me habla de las papas, de la dureza del trabajo en altitud, de las fechas de la cosecha y de la siembra; también de sus siete hijos y, cuando le pregunto si le ayudan en la faena, me replica con cierta incomodidad: no , estudian.

Luego converso con Victoriano Fernández, el promotor de Papas Nativas, campesino de Huánaco, que también apuesta por los cultivos ecológicos. Y con Sebastiana Bilca, de Puno, cultivadora de 68 clases de quinuas (o quinoas) de las 3.500 que me dice que existen. Y con Fiorella Villanueva, heredera de una dinastía múltiple e intergeneracional que exhibe con orgullo las chirimoyas de la abuela: un único árbol con más 120 años de edad. Ahora son cultivadores por plena vocación, porque sus profesiones son muy diversas; todos han estudiado y ejercen de administrativos, de contables, de ingenieros; pero todos acuden a Piedra Huaca, en las afueras de Lima, a seguir la senda que marcó el bisabuelo inca que viajó a Harvard.

De allí me traslado a Lima Centro. Recorro sus calles y observo sus edificios. Tiene encanto esta ciudad con reminiscencias de metrópoli europea y claras influencias francesas y españolas. Todo, sin embargo, está bajo la dominación del Corpus Christi que se celebra en la Plaza de Armas. Cientos de cofrades con túnicas moradas y cordones blancos delimitan el enorme cuadrilátero. Dentro hay otros grupos vestidos de blanco. Y cientos de personas que cantan y aplauden al cardenal y a su séquito atronador. Han plantado un equipo de sonido que retumba en el cielo. Quizás por eso el día empieza a clarear, sin renunciar a la permanente sensación de bruma que difumina la luz.

El festejo tiene su apoteosis en la homilia. Escucho al cardenal clamar contra la violencia, pedir que se mantengan los principios tradicionales sin acudir a ideologías extrañas (pienso en Ollanta Humala), luego deriva hacia los matrimonios gays y el aborto (se advierte que no es partidario) y presume de su próximo viaje a Roma para estar junto al santo padre (aplausos).

La misa parece eterna, como la gloria, y termina con desfiles, cánticos bailables y un ruido salido del infierno. Para colmo no puedo entrar en la catedral. Ni culto ni visitas. No me enojo, lo comprendo: si no está quien tiene que estar, para qué entrar en su casa. Aunque yo sólo pretendiera mirar la decoración y las paredes. Es lo mismo.

Después de comer apresuradamente, viaje a Pamacamac. Veo el cristo de Corcobado trasladado a la bahía de Lima. Observo las favelas de las afueras de Lima, sobre la arena convertida en montaña,  y llego a las ruinas arqueológicas preincas. Civilizaciones sucesivas desde el año 600 en adelante. Aquellas gentes vivían mejor que las de las villas miserias colgadas en medio del desierto.

Recorro las ruinas con un cicerone discreto que me deja caminar a mi aire y hacer fotos. LO disfruto. Es bello y, sobre todo, muestra a civilizaciones con numerosos recursos organizativos y tecnológicos.

Hoy he tenido un buen día de paseo. Y un agobio desde la hora en que quise pagar la comida: he perdido la tarjeta de crédito. Y dos bolígrafos, mis predilectos. No sé cual de las tres cosas echo más de menos. Sí sé la que me va a dar más quebraderos de cabeza.

Mañana será otro día.

 

 

 

 

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