El día está cargado de reuniones. Nada que contar, puro trabajo. A primera hora advierto buenas dosis de oficio y profesionalidad entre los interlocutores que me presentan. Me dan confianza. Observo algunos de sus trabajos. Descanso.
Por la tarde descubro otra parte: gente con capacidad de gestionar, eficaz, clara. En una hora se resuelven aspectos que antes habían reclamado sobredosis de cháchara. Es verdad que yo acepto su planteamiento. Ya no me quedan otras alternativas. Me han vencido demorando mis peticiones, llevándolas al límite de mi resistencia. Aún así lo hago convencido de que es correcto. Luego, ya veremos.
La última reunión presenta actúa como contrapartida de las anteriores. He cambiado de ámbito. Ahora la diletancia tiene premio. Al principio resulta tan divertida; a la postre, irrita. Desde mucho antes de venir he pedido una serie de informaciones concretas, he cruzado numerosos correos electrónicos, siempre sobre los mismos aspectos y reclamando las mismas cuestiones. Todavía seguimos en lo mismo. Al final, por la vía más expeditiva, rellenamos algunas casillas del cuestionario.
Ya es tarde, pero habrá que resolverlo de una manera diferente a la prevista.
En todo caso el día no ha ido mal. Con las demoras de la primera semana ya todo estaba abocado a un final con dudas. Pero también es cierto que no confiaba en resolver otras de manera tan alentadora.
