
Las necrológicas son un género que incluye ejemplos admirables. Sin embargo, al menos en algunos casos, no podrán estar a la altura de la persona que pretenden retratar. Escucho a Àngels Barceló y a Josep Ramoneda, leo a Carles Geli. Reconozco y elogio sus recuerdos y comentarios, pero no alcanzan la hondura y el mérito de un periodista admirable, del maestro español de la crónica negra.
A José Martí Gómez le descubrí y le aprecié por las entrevistas que firmaba a cuatro manos con Josep Ramoneda en Por favor y me convertí en fan cuando coincidimos en la SER; él como corresponsal en Londres y yo como subdirector de Hora 25 y, más tarde, como jefe de la sección de Internacional. Bastaba una crónica suya de poco más de un minuto para ennoblecer a todo el programa. Sin su voz, cuando la actualidad obligaba a observar otros territorios, sentíamos la ausencia de la rúbrica capaz de distinguir lo bueno de lo inigualable.
Pude compartir con él largas charlas en Madrid, en Barcelona, en Londres, de las que salía mejor informado, con nuevas perspectivas y doblemente estimulado por su generosidad y su sabiduría. Fueron aquellas, casi siempre, lecciones peripatéticas de periodismo y, sobre todo, de vida. Lecciones que enseñaban a mirar a lo próximo para entender lo global a través de los detalles, a cuidar el estilo y la sorpresa como norma para acercarse a las personas apreciando sus circunstancias.
Ha sido un maestro para muchos. Para mí, sin duda alguna. Hoy recuerdo normas que se aferraron a mi subconsciente en las que descubro su huella: que la crónica de sucesos desvela las debilidades y los fracasos de la sociedad entera, que al otro lado de las víctimas hay personas dolientes, que en el bando de los verdugos se encuentran también damnificados, que el oficio de informar difiere en lo más hondo del de juzgar, que el periodismo requiere una actitud fundamental: el compromiso con la búsqueda en lo más profundo, y muchas veces en o más íntimo, de la realidad.
Siempre nos quedará su sentido del humor y su compromiso con la forma de comprender y de narrar. Su voz cascada resultaba cálida, aunque chocara con algunos cánones preestablecidos de la radio, y confería a sus relatos una complicidad inevitable. Sus crónicas estaban hechas con materiales nobles: el lenguaje, el ritmo y la sorpresa. Tenían algo que evocaba al realismo mágico.
Su recuerdo hoy es un estímulo cargado de pena.
