
Qué votar para que no ganara la derecha. A esa duda se enfrentaba, de manera explícita, una parte del electorado de izquierdas en las últimas elecciones; las que se duplicaron para incrementar esa perplejidad corrosiva y deprimente. La ingenuidad de estos votantes por convicción, mas sin partido, se estrelló contra los comportamientos de las formaciones que suscitaban sus dudas. Entre ellas no cabía la colaboración, sólo la rivalidad y el cainismo.
Así, en cualquier caso, ganaría la derecha. Hoy se ha confirmado.
A aquellos electores que aún valoran la ideología, pero también el compromiso brechtiano, “hay que salvarse juntos”, ya no les cabe la menor duda.
Adiós, izquierda, adiós.
¿Por muchos años? ¿Para siempre?
En este país, desde que sus actuales habitantes guardan memoria, siempre ha existido una izquierda que se fagocita y una izquierda carroñera. La primera es víctima de un proceso degenerativo que ella misma ha cultivado y la segunda, de una necesidad depredadora escondida en la elegancia y la aparente altura de su vuelo. Para evitar equívocos, conste que todos los partidos que se dicen de izquierda acogen a militantes de ambas especies. Unos actúan en el interior de sus propias formaciones; otros, en la contienda entre partidos. Para colmo, la evolución ha provocado un mutante: el fagocitador carroñero. Cada vez abunda más.
La izquierda que valoran la ideología y el compromiso está huérfana y sabe que la orfandad sólo se puede sublimar con sucedáneos, porque la orfandad es, por naturaleza, irreversible.
