
UN HOMENAJE AGRIDULCE
Aficionados a revisar, revisitar y reinterpretar con diversa fortuna algunos de los géneros cinematográficos clásicos, los hermanos Joel y Ethan Coen se habían acercado ya al universo interior de Hollywood a través del atribulado guionista de Barton Fink (1991), uno de sus trabajos más reconocidos, junto a Muerte entre las flores (Miller’s Crossing, 1990) o Fargo (1996), entre otros.
Ahora fijan su atención en el funcionamiento de los grandes Estudios de la meca del cine a principios de los años cincuenta, y lo hacen a través de una acumulación de situaciones y supuestos rodajes de varias películas, hilvanada mediante dos ejes argumentales de distinta importancia. El mayor lo protagoniza Eddie Mannix (Josh Brolin), ejecutivo de Capitol Pictures y encargado de resolver, por las buenas o por las malas, conflictos de todo tipo, desde los que tienen que ver con la opinión de los representantes de distintas confesiones religiosas en torno a un proyecto sobre Cristo, hasta los creados por las caprichosas estrellas de la casa con sus romances reales o fingidos y sus embarazos indeseados, procurando mantenerlos al margen de la voracidad cotilla de las columnistas de la prensa del corazón.
El segundo eje lo compone el secuestro del famoso actor Baird Whitlock (George Clooney) en pleno rodaje de una película de romanos, por parte de un grupo de guionistas que tratan de luchar por el reconocimiento de sus derechos como coautores de los filmes, pero que en realidad forman parte de una célula comunista que recauda fondos para ayudar a la revolución mundial encabezada por la Unión Soviética –la acción se sitúa poco antes del desencadenamiento real de la llamada caza de brujas a cargo del senador Joseph McCarthy y sus secuaces– y que están presentados de forma tan caricaturesca que más parecen una pandilla de pirados empeñados en convencer de sus teorías al actor en cuestión, siempre vestido de soldado romano para mayor irrisión.
Esa estructura en forma de rompecabezas al que se van añadiendo piezas de forma un tanto caótica constituye la mayor debilidad de esta nueva creación de los Coen, porque todo depende del ingenio o el acierto desplegado en cada uno de los fragmentos, muy irregulares entre sí. Habrá a quien le haga gracia el episodio del joven intérprete de películas de vaqueros que es incapaz de pronunciar una frase con sentido cuando la productora decide aprovechar su fama para publicitar una comedia romántica. Otros preferirán las locas idas y venidas de Eddie Mannix mientras una gran empresa de aeronáutica bélica le ofrece un empleo mejor, más remunerado y sobre todo más tranquilo. Pero es difícil que entusiasmen, por ejemplo, los reiterativos, morosos y sosos homenajes coreográficos al cine musical de la época o las brillantes aunque vacías reconstrucciones de los números náuticos de una sirena de la pantalla y sus alardes visuales a lo Busby Berkeley. O esa
delirante secuencia casi final en la que el por fin liberado Baird Whitlock declama ante la cruz de Cristo una conversión a todas luces hiperbólica y de dudoso sentido.
Porque todo en la cinta está basado, por otra parte, en el recurso permanente a los guiños, más para cinéfagos que para cinéfilos, que llenan el argumento, convirtiéndolo en una especie de trivial en el que se trata de adivinar en cada momento a qué título, personaje o circunstancia se refieren los autores con la enorme cantidad de detalles que lo pueblan, hasta llegar a hacerlo indigesto en ocasiones.
Hay, eso sí, junto a un guion que no parece especialmente bien trabado –producto seguramente del hecho de que los directores sean al mismo tiempo productores, guionistas y montadores, esto último bajo seudónimo– y a un cuidado reparto de rostros célebres, una magnífica fotografía de Roger Deakins que logra reproducir con fidelidad los colores de la época, y una acertada música del habitual Carter Burwell, algo chillona a veces, por exigencias de la trama, pero atenta también a jugar con los sonidos de entonces. Demasiado poco, a pesar de todo, para unos cineastas que han rozado la perfección de algunos hitos de su filmografía pero que también han jugado arbitraria o superficialmente con otros de los temas que abordaban a lo largo de su vasta carrera juntos.
FICHA TÉCNICA
Título original: «Hail, Caesar!». Dirección y Guion: Joel y Ethan Coen. Fotografía: Roger Deakins, en color. Montaje: Roderick Jaynes. Música: Carter Burwell. Intérpretes: Josh Brolin (Eddie Mannix), George Clooney (Baird Whitlock), Alden Ehrenreich (Hobie Doyle), Ralph Fiennes (Laurence Laurentz), Scarlett Johansson (DeeAnna Moran), Tilda Swinton (Thora y Thessaly Thacker), Frances McDormand (C.C. Calhoun), Channing Tatum (Burt Gurney). Producción: Mike Zoss Prod., Working Title Films (Estados Unidos, 2016). Duración: 106 minutos.
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