Centuriones, espadachines y mosqueteros

Aquellas cartas presagiaban tormenta. La primera parecía una provocación, un reto; el que genera el espadachín que desenvaina el sable para demostrar su destreza en el combate y la superioridad de los armados que acudirán en su defensa. La segunda recogía el guante y proclamaba la certidumbre de un enfrentamiento para el que ya no cabrían tapujos ni escondites.

La carta inicial planteaba el desafío con un tono desaliñado y prepotente en el que el honor personal, la autoestima o el orgullo de la estirpe se imponían a los supuestos argumentos de la desavenencia. La siguiente retomaba las causas del litigio al tiempo que lo ahondaba.

jinin_contra_kakashiEl conflicto había estallado en algunos escarceos previos a la gran cruzada. En la batalla por Madrid no se medían directamente los espadachines principales, sino algunos de sus lugartenientes. El combate se dilucidó con ardides y alguna patraña que pusieron de manifiesto la distancia entre los gallos, negro y rojo, y sobre todo la diferencia entre las proclamas y los hechos.

Los primeros espadas se miraron en el arena, frente a frente, a la intemperie. Sus secuaces les jalearon. Los primeros, otra vez los mismos, acusaron a los otros de romper un pacto de mosqueteros. El equilibrio de las fuerzas agrupadas en torno a cada uno de ellos no amortiguó los ánimos.

El vencedor, malherido, abolió –tal vez por ello– acuerdos anteriores con la legitimidad del que tiene a su alcance la venganza. No le bastó. Envió a sus secuaces a proclamar desde las almenas de vigilancia la arrogancia y el desafuero de quienes habían defendido posiciones distantes. Y ellos cumplieron anunciando a la plebe los desmanes provocados por algunos disidentes, a los que mencionaron por sus propios nombres.

tumblr_lwis7qsr0k1ql9ypto1_1280No hubo repliegue de los acosados. También ellos encontraron minaretes desde los que anunciar su particular defensa, replicando a las tretas y añagazas que argüían no solo los portaestandartes sino los auténticos centuriones, con descalificaciones denigrantes hacia quienes aún permanecen dentro del mismo ejército.

En ese preciso momento, el líder supremo, aunque cada vez más contestado entre sus propias tropas, se ofrece como pacificador del enfrentamiento que él mismo alentó, compareciendo con voz de cordero en socorro de los principios y del pueblo. Simultáneamente su jefe de centuria, el que maneja el aparato, y el gran instigador, el que prefirió la sombra de los pasadizos de palacio a la luz y los taquígrafos de la plaza pública, disparaban dardos embadurnados con pócimas venenosas contra quienes aún defienden el valor del debate y su ejercicio.

¿De qué hablamos?

 

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