Hay quienes se empeñan en poner coto a los desmanes de los medios de comunicación mediante la elaboración de códigos o decálogos varios: para abordar las noticias relacionadas con el maltrato, la discriminación, la inmigración, la desigualdad, la infancia, los discapacitados… Aducen que los medios son los principales generadores de estructuras simbólicas y, en consecuencia, elementos de gran influencia en los comportamientos individuales y sociales.
Algunos utilizan este tipo de propuestas como una manera de ganarse el sueldo, de afianzar su posición en un organigrama educativo o de escalar en su prestigio profesional. O yo qué sé. Sin embargo, en el fondo, casi siempre he querido pensar que se trataba de buenas intenciones con instrumentos erróneos: el favorecimiento de rutinas y estereotipos que o tienden a separar la información de la realidad y del interés ciudadano o a traducir la dinámica social en meros clichés o en una sucesión de tópicos.
Hace algunos años (2004), invitado a un coloquio por un equipo universitario que desarrollaba un trabajo de su interés sobre el binomio juventud-droga, elaboré unos puntos de reflexión que ahora recojo aquí. No sé por qué.
PLANTEAMIENTO GENERAL
Los medios desmedidos. La sociedad contemporánea se caracteriza por la extraordinaria presencia e influencia de los medios de comunicación. Este hecho nos impulsa a exigir unos medios diferentes. Pero estos medios no son el resultado de una casualidad, sino de una causalidad: esta sociedad ha generado estos medios (¿y viceversa?). Cambiar los medios sin cambiar la sociedad es una quimera inútil (lo contrario, quizás también). Controlar los medios sin haber generado mecanismos eficaces para controlar el «poder» de esta sociedad es imposible. ¿No hay remedio?
La transformación de los medios resulta imposible. Domesticarlos, inviable. Nos queda una alternativa: aprender a defendernos de ellos.
Hay que defenderse de los medios de comunicación de la misma manera que hay que defenderse de todos los instrumentos de poder: políticos, económicos, religiosos, multinacionales y nacionalistas…
El único antídoto posible: arraigar valores, criterios… Favorecer el pensamiento crítico contra el pensamiento único (o el pensamiento aparentemente obvio…). Y hay algunos reductos para ello: la familia, la escuela, algunas iniciativas socioeducativas…
¿MEDIDAS CORRECTORAS?
¿Si no cabe una transformación radical, podemos adoptar algunas normas que mejoren la influencia de los medios?
Los medios informativos no tienen una función pedagógica, aunque indirectamente contribuyan a asentar unos criterios morales, éticos, sociales… Parece más importante profundizar en el papel esencial de los medios (informar) y exigir que respondan a ello, antes que dotarlos de instrumentos para desarrollar tareas de segundo nivel. Y en todo caso, ¿por qué «códigos» o «decálogos»? (Ya tenemos un decálogo «verdadero» y sirve para poco).
¿CÓDIGOS, DECÁLOGOS?
Cuando se arraigan criterios, valores, se distingue entre el bien y el mal. La educación y la cultura son instrumentos para la vida, la crítica y la felicidad. Los decálogos son otra cosa. ¿Se puede encorsetar la información, la opinión, el juicio? El corsé es un obstáculo para el pensamiento libre, propio, autónomo…
Lo perverso es eso, no un tópico, una rutina o un cliché determinados, sino el cliché, la rutina y el tópico en sí mismos; la fórmula que ahorra una información compleja, el análisis adecuado del caso concreto, la transmisión coherente con lo que el periodista honradamente ha conocido… Tenemos que hacer nuevo nuestro oficio cada día («para enterrar a los muertos cualquiera sirve, menos un sepulturero»), tenemos que repensar la realidad que descubrimos y tenemos que contextualizarla en el mundo que vamos aprehendiendo.
Ozú.
