Cuento poco edificante

Érase una vez una linda señorita que alcanzó reconocimiento y renombre gracias a las galletas y el café que solía preparar a su amigo Segismundo, un prócer en edad de merecer que aprovechaba el aroma y el sabor de la merienda para preparar en compañía de sus amigos el ascenso a un alto cargo oficial. Aquel café y aquellos bizcochos convirtieron a la atractiva jovencita en una caperucita roja de salón que, a cambio de su cestita, recibía reconocimiento a su simpatía y la promesa de un porvenir en el que también ella participaría en el festín que todos alentaban.

Una vez alcanzado el objetivo fundamental de las meriendas, la atractiva señorita, de larga vista y ambición contenida, como correspondía a la elegancia de sus auténticos progenitores, fue incluida en la nómina de la nueva nomenclatura, aunque hubo de aceptar un puesto secundario en el reparto, porque el prócer y los amigos aún anteponían a otros méritos por confirmar su habilidad cocinera.

Su discreto tesón fue reconocido tiempo más tarde, aunque con reservas: al cobijo de una abuelita que vigilara sus posibles devaneos. Y así pasó el tiempo. La abuela que controlaba las idas y venidas de toda la familia, alcanzó el aprecio general del vecindario, ignorante de que las arrugas de su piel y su terca obsesión por la moda vogue y el maquillaje escondían la crueldad de una madrastra.

El irresistible ascenso de Segismundo relegó al olvido las meriendas servidas por Caperucita, sustituidas ahora por el catering fabricado en las bodegas de la abuela. Para elertar del riesgo de las pócimas que se fabricaban en los sótanos del palacio, apareció un lobo que, ausente del contubernio que encumbró al prócer, había esquilmado otras majadas. La fiera era tan malvada como la del cuento y escondía bajo su mirada triste y sombría una mandíbula y unos colmillos fúnebres, que provocaban al mismo tiempo admiración y recelo. El animal, listo y maligno, ofreció su amistad a la señorita que, solícita siempre a las veleidades de su pigmalión, respondía con impecable sonrisa a las insidias de las bestias, a las que incluso ofrecía su compañía de rostro amable.

El tiempo se volvió turbio. De las primeras meriendas del cuento sólo se acordaban, y lo hacían muy esporádicamente, el prócer y la señorita. Nadie auguraba un final feliz a la historieta. La abuelita y el lobo se disputaban el futuro del festín, mas no cabían alianzas entre ellos, porque ambos deseaban devorar al príncipe y, si fuera menester, a Caperucita.

Antes de que les llegara la hora inevitable de aniquilarse entre ellos, el Segismundo dubitativo de las primeras meriendas se comió a la abuela, mandó a Caperucita a pasear por el bosque y asignó al lobo la vigilancia de todo su rebaño, para que, de ese modo, la fiera tuviera ocupadas sus fauces durante mucho tiempo.

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