Deporte o doping

España se ha indignado por cuenta de Marta Domínguez. La gran dama del deporte español traficaba con anabolizantes, trasfusiones, epo y otras sustancias supuestamente contradictorias con su condición de heroína de esta época. De la investigación de la guardia civil no se conocen los resultados, pero el juicio ya está cerrado. Cosas de estas ocurren cada cierto tiempo. El personal se estremece y los que convivían cerca de los últimos desenmascarados aducen “algo de esto se veía venir”.

Hace tiempo que observo este tipo de casos con la esperanza de que dejemos de trastornarnos por cuenta de los escándalos que nosotros mismos impulsamos. Doping y deporte son conceptos contradictorios. Espectáculo deportivo y doping se han convertido en conceptos complementarios. No hay que rasgarse las vestiduras, sino aceptarlo y explicar por qué llamamos deporte a lo que no lo es.

El deporte es una actividad, no una profesión. Un ejercicio saludable, capaz de sustentar valores como el afán de mejorar, el esfuerzo individual, el trabajo solidario del equipo, la lúdica satisfacción más allá del estricto resultado de la competición. En ese sentido el deporte satisface, provoca bienestar y enseña. Pero hablamos de eso cuando decimos hablar del deporte.

El espectáculo deportivo tiene reglas bien distintas. Parece lo mismo –las mismas normas, la misma cancha–, aunque elevado al más alto grado de cualificación, de competitividad o de excelencia. Pero no es así. Responde a parámetros bien diversos: requiere profesionalización y competitividad, máxima pasión y mínimo raciocinio; suprime el placer del esfuerzo, porque el único goce lo produce la victoria; rechaza lo saludable, porque aboca al puro ejercicio físico a extremos insalubres favorece la estimulación artificial y las drogas: sólo el triunfo justifica al practicante y a sus seguidores.

La sociedad ha decidido confundir lo uno y lo otro. Muchos padres denigran el deporte concebido como juego cuando exigen a sus hijos rendimientos, crudeza en el esfuerzo, competitividad enfermiza y evaluación en función de lo único importante, el resultado: o triunfo o derrota, victoria o muerte.

Casi todos los aficionados viven el deporte como una pasión, ya sea de tintes meramente cromáticos y, peor aún, nacionalistas. Sólo importa el marcador, la victoria, la marca, el primer puesto; del juego no se disfruta. Quienes alcanzan el éxito consiguen el reconocimiento que sólo merecían los héroes y ascienden en el escalafón social hasta simbolizar los máximos valores de una sociedad que abdicó del placer del juego sin aditamentos.

¿Por qué, entonces, los aficionados y los dirigentes de este espectáculo que utiliza el deporte como excusa, aunque lo denigre, se escandalizan por el doping? ¿No pertenece la estimulación, natural o artificial, a su propia esencia?

El doping sólo tiene un problema: en estos momentos, dada su prohibición, impide la competencia en igualdad de condiciones. La solución, entonces, no consiste en prohibirlo sino en admitirlo para todos los que quieran lograr la máxima excelencia y elogiarlo como el mejor instrumento para alcanzarla.

Los hechos son tozudos. La realidad que nos convulsiona a cada rato pone de manifiesto que no se puede garantizar que la prohibición será respetada por todos los competidores (a veces hasta hay que temer que ni siquiera por la mayoría) o que pueda ser impuesta eficazmente por las autoridades, que, cuando no lo favorecen o lo ocultan, caminan a remolque de los presuntos defraudadores. Y así nos va: cada vez que alguien alcanza un nivel elevado sólo parece legítima una pregunta: cuándo advertiremos que el ídolo era simplemente un tramposo.

La prohibición del doping favorece la trampa, la competencia desigual, pero, sobre todo, si la excelencia del espectáculo deportivo no es el juego sino el triunfo, esa prohibición actúa contra natura. Máxime cuando la mejor victoria es la que se obtiene merced a la agonía.

¿Alguien puede imaginar un espectáculo deportivo más absoluto, más estremecedor y sublime, que una prueba de cien metros lisos en la que el vencedor por foto finish, con una marca de 8,99, en el momento de alzar sus brazos al cielo, con el estruendo de un trueno, impulse su atlético cuerpo a las alturas del olimpo fragmentado a modo de relámpagos multicolores? ¿No sería esa explosión el súmmum del deporte del que hablamos?

 

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