Diario 2022

    31 de diciembre

    Adiós de un año de adioses: Antonio Sañudo, José Luis V. Mosquete y… Carlos.

    12 de diciembre

    Seis años sin Javi. Es imposible. Le tengo presente a cada rato. ¿Cómo habría reaccionado en la muerte de otro hermano? ¿Qué me diría de lo que escribo?

    4 de diciembre

    En estos momentos siempre recuerdo a León Felipe: “Para enterrar a los muertos, cualquiera sirve, menos un sepulturero”.

    Algunos llevamos demasiadas muertes a nuestra espalda. Pero, aún así, no hemos aprendido ese oficio. Duelen demasiado. Lo constatamos en el recuerdo a los que se fueron antes.

    3 de diciembre

    Bastó escuchar el teléfono a una hora inusual.

    – Carlos.

    No hacían falta más palabras.

    Otra vez.

    27 de septiembre 

    Hace unos días, en un reportaje de La Vanguardia, encontré una referencia al molino en el que de vez en cuando me refugio. No lo esperaba.

    A veces dudo de si ese edificio merecería mayor protección e incluso liberarlo de la condición de propiedad privada.

    26 de septiembre 

    Tras tres meses de abstinencia, reanudo mis opiniones perfectamente desechables. Solo se trata de ir cogiendo carrerilla para recuperar el hábito; es decir, para ejercer de todólogo, al que nadie le ha ofrecido un lugar de tertuliano. Tampoco lo aceptaría (o eso pienso ahora): debe ser demasiado dura la obligación de opinar de todo, todos los días. Para luego, encontrarte con críticos inmaculados.

    19 de junio

    Me advierten de que en rtveplay, el canal de internet de RTVE, la propia radiotelevisión púbica destaca Las Hurdes: tierra con alma como uno de “los documentales que tienes que ver”. Me alegra. Aquel trabajo pudimos llevarlo a cabo porque RTVE y Canal Extremadura, entre otros, contribuyeron de manera significativa a la financiación del proyecto. El reconocimiento de aquella tarea nos alivia de ciertas responsabilidades. La aportación económica que nos ofrecieron las cadenas públicas no fue fruto del azar o la influencia, sino de una propuesta digna y correctamente ejecutada.

    En eso pienso al conocer el “destacado”. El dinero público obliga a ser doblemente responsable.

    17 de junio

    Me cuesta hacer dos cosas a la vez: meterme en un trabajo prioritario y reservar algún tiempo para mantener activa mi web; leer un libro que me absorbe y ocuparme de la actualización de otras tareas que también requieren continuidad, como las propuestas de la asociación AlmaHurdes; atender demandas puntuales de conocidos o allegados y cumplir con las expectativas cotidianas… Programo cada día, pero siempre hay algo urgente que obliga a postergar –y, al cabo de los días, a desatender– lo que me parecía más importante. No hay manera. Hago examen de conciencia y, con dolor de corazón, propósito de enmienda. Acabo, de nuevo, en la tribulación del confesionario. No estoy programado para dos cosas a la vez y, por ello, con frecuencia, me vuelvo loco.

    Porque lo peor de todo es que sé que atender a lo que desatiendo me relaja y me divierte. La contradicción que me hace estúpida y sabiamente humano.

    6 de mayo

    Recibo un wasap de Carmen. No tengo tiempo para ponerme en lo peor. «Jluis nos ha dejado esta madrugada». Me echo a llorar. Escribo: «¡Qué horror! No puedo decir nada». Es verdad. Como que nos conocimos hace 62 años, como que compartimos aficiones y discusiones, como que mantuvimos siempre muy alto el respeto y el cariño. Nos queríamos, aunque estos dos últimos y puñeteros años… Estuvimos juntos por última vez en un día inhóspito. Nos calamos y, encima, nos multaron por aparcar mal. En los últimos días hemos hablado un par de veces. Creíamos que amainaría el miedo…

    4 de mayo

    Llegué a este mundo en plena dictadura. Me hice adulto pensando en que aquel estado de humillación, social y cívica, tendría final. Miro al futuro inminente temeroso de cerrar mi ciclo personal y colectivo en las mismas condiciones en que lo encontré. Este círculo reconoce, y proclama, la inutilidad de la generación que ahora se despide.¿Exagero?

    9 de abril

    La pandemia ha afectado a las neuronas. Al menos, a las mías. Vivo entre la indolencia y el desasosiego o entre la abulia y el llanto. Lo uno, por unas rutinas que se han vaciado de conversaciones y de abrazos. Lo otro, porque, metido de lleno en el último tercio –en el sentido taurino del término– de la vida, me abruma la conciencia de su inutilidad frente a la desigualdad, la pobreza o la guerra. De aquellos sueños que se revistieron de ideología con el afán de un mundo mejor, a las lágrimas como única respuesta a la realidad del telediario. De ahí venimos y aquí estamos.

    Asumo que esta reflexión solo puede obedecer a una consideración absolutamente idealista acerca de las responsabilidades individuales en los asuntos colectivos, máxime cuando uno no pasó de ser un discreto periodista, digno de consideración en el mejor de los casos por sus dudas y sus contradicciones. No reniego de haber sido lo que fui. Tampoco de haber reivindicado el compromiso social como norma y medida de la responsabilidad que cabe exigir a cuantos hemos disfrutado de posibilidades por encima de lo común. Sin embargo, constato, y lamento, la ineptitud de quien quiso que buena parte de sus trabajos y de sus reflexiones buscaran una repercusión tan solo un poco más allá de lo inevitable.

    Miro lo que surge ante mis ojos y encuentro dos sentimientos contrapuestos: denigrar la ingenuidad de lo que quise y denostar, en el mejor de los casos, lo que hemos llegado a ser. Fracaso doble. La afección que afecta a mis neuronas tiene explicación. No remedio.

    Sin embargo, hay ratos en que río sin merecer el calificativo o la condición de cínico.

    22 de marzo

    La primavera llega en forma de aguacero. Se agradece. Para borrar, al menos, la costra de barro que dejó la calima sobre el suelo de la terraza. Los fenómenos meteorológicos también se adaptan a estos tiempos tan extraños, de confinamientos y enfrentamientos.

    ¿MIento?

    21 de marzo

    Hoy habría cumplido 98 años. Se detuvo en los 85.

    Fue mi madre. O mejor, la mujer que atendía a los hermanos más pequeños.

    Cuando empecé a entender las cuestiones elementales del cariño y sus cuidados, ya tenía tres o cuatro hermanos más pequeños. Y más necesitados. Después vinieron otros cinco o seis.

    Atendía a todos en proporción directa con sus demandas más elementales. Luego, organizaba la casa. No era poca cosa aquel orden tan ejemplar. Pero le faltaba tiempo para ser mamá. Lo fue al final, cuando las fuerzas la hicieron flaquear. Cuando comprendimos que aquella mujer era, pese a todo, frágil.

    Tardamos demasiado en darnos cuenta. El mismo tiempo que tardó ella en contárnoslo. Sin palabras.

    23 de febrero

    Hace unos días tomé unas notas: “Si Pablo Casado está en sus cabales, no lo duden mis allegados: llévenme al psiquiatra”. Tengo cita, pero ahora, después de sus últimos sucesos, temo que podamos encontrarnos en la misma sala de espera. Cuando llegue mi turno, le cederé la vez y escaparé, sano, a casa.

    22 de febrero

    Las necrológicas son un género que incluye ejemplos admirables. Sin embargo, en algunos casos nunca estarán a la altura de la persona que pretenden retratar. Escucho a Àngels y a Ramoneda, leo a Carles Geli. Reconozco y elogio sus recuerdos y comentarios, pero no alcanzan la hondura y la estatura moral de un periodista admirable y del gran maestro español de la crónica negra.

    A José Martí Gómez le descubrí y le aprecié por las entrevistas a cuatro manos con Josep Ramoneda en Por favor y me convertí en fan cuando coincidimos en la SER; él como corresponsal en Londres y yo como subdirector de Hora 25 y, más tarde, como jefe de la sección de Internacional. Bastaba una crónica suya, de poco más de un minuto, para ennoblecer a todo el programa. Sin su voz, cuando la actualidad obligaba a observar otros territorios, sentíamos la ausencia de la rúbrica capaz de distinguir lo bueno de lo inigualable.

    Pude compartir largas charlas en Madrid, en Barcelona, en Londres, de las que salía mejor informado, con nuevas perspectivas y doblemente estimulado por su generosidad y su decencia. Fueron aquellas, casi siempre, lecciones peripatéticas de periodismo y, sobre todo, de vida. Lecciones que enseñaban a mirar lo próximo para entender lo global a través de los detalles, a cuidar el estilo y la sorpresa como norma para acercarse a las personas comprendiendo sus circunstancias.

    Fue un maestro para muchos. Para mí, sin duda alguna. Hoy recuerdo normas que se aferraron a mi subconsciente en las que descubro su huella: que la crónica de sucesos desvela las debilidades y los fracasos de la sociedad entera, que al otro lado de las víctimas hay personas dolientes, que en el bando de los verdugos se encuentran también damnificados, que el oficio de informar difiere en lo más hondo del de juzgar, que el periodismo requiere una actitud fundamental: el compromiso con la búsqueda en lo más profundo, y muchas veces en o más íntimo, de la realidad.

    Siempre nos quedará su sentido del humor y su compromiso con la forma de comprender y de narrar. Su voz leve resultaba cálida, aunque chocara con algunos cánones preestablecidos de la radio, y confería a sus relatos una complicidad inevitable. Sus crónicas estaban hechas con materiales nobles: el lenguaje, el ritmo y la sorpresa. Entroncaban muchas veces en una especie de realismo mágico.

    Su recuerdo hoy es un estímulo cargado de pena.

    13 de febrero

    Durante la campaña electoral tras la que el PP inició su cuenta de 35 años ininterrumpidos al frente del gobierno de Castilla y León, yo estaba allí, en Valladolid, en un despacho de la Junta. Llevaba poco más de seis meses y aún tuve que esperar otro par para salir de aquel cobijo en el que me había guarecido por razones muy diversas que ahora parecen prehistóricas.

    La insistencia de un amigo a carta cabal, la desilusión creciente de otro proyecto en el que había puesto empeño enfermizo, mi transitoria inestabilidad emocional… me abocaron a un cargo tan solo asumible (desde mi propia perspectiva) por su condición efímera. Tenía fecha de caducidad.

    Por aquellas circunstancias pude ver desde dentro un vuelco que ya dura tres décadas y media. Con ese recuerdo me levanto esta mañana. ¿Aquel sino fatal podría cambiar? ¿A mejor o a peor?

    10 de febrero

    Caminaba, raudo y distraído, por la acera. Al salir de una esquina, en medio de un corro de mujeres jóvenes vi a Marta. ¡Qué sorpresa!

    Al aproximarme al grupo, advertí mi error. ¡Qué más quisiera!

    8 de febrero

    Terminé el libro de Landero y me fui a dormir. Debían ser las 12 de la noche. A las cinco estaba despierto. El libro parecía una broma, pero se tornó ácido. Casi corrosivo. Tendré que hacer la digestión.

    7 de febrero

    Me llega un pedido de libros. Entre ellos, Una historia ridícula, el último de Luis Landero.

    Se para la vida.

    21 de enero

    Definición de hijo: la encuentro en una referencia que cita al poeta italiano Valerio Magrelli:

    «Hijo = murciélago que avanza en la oscuridad haciendo rebotar ondas-radio en la figura opuesta de su padre. Para no estrellarse contra él».

    ¿Alguna consideración, hijas?

    7 de enero

    Aunque el calendario diga otra cosa, hoy en casa es día de Reyes. Así encontraron los muchachos el rincón de los regalos. Lo primero, acertar qué cosa correspondían a cada cual. Los mayores resolvieron el enigma.

    5 de enero

    Tengo la impresión de que mis nietos reciben más regalos en unas Navidades que los que recibí en toda mi infancia. Y eso que, al llegar estas fechas, la familia –y yo mismo– pretende moderarse. Lo nuestro, al parecer, está más cerca de la contradicción que del éxito. La felicidad no se discute, aunque tanta aglomeración la frustre; exactamente lo contrario de lo que se persigue. Cada vez soporto menos esta enajenación de rey mago…

    (Esto, exactamente, lo dije hace un par de años. Y reincido).

    1 de enero

    El año empieza con agujetas. Los preparativos de la cena que se convirtió en almuerzo me han mantenido en pie durante tres días: compras de los ingredientes necesarios, preparativos de un menú largo para asegurar algún acierto, la tensión de una organización siempre cargada de imprevistos, los olvidos de cada día, los reiterados desplazamientos al supermercado, el lío… O sea, de un lado para otro, contrarreloj, sin grandes desplazamientos, pero muchos movimientos, con la búsqueda permanente de los objetos escondidos en lo alto de un mueble o en los bajos de un armario… Tres días a ese ritmo provocan agujetas. A esta edad y en circunstancias como las actuales conviene entrenar antes de empezar el partido. Tomo nota. Se me olvidará.

    El Diario 2021 puede verse aquí

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