Dios, patria y rey

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El obispo de Orihuela se salta la cola de las vacunas e incluye en el brinco a otro obispo y a algún ayudante. Los militares de alta graduación se infiltran entre la tropa en misiones de riesgo para inocularse el antídoto de la Covid19. Y el rey… mejor no preguntar; para qué.

Los grandes conceptos indiscutibles siempre han sido los mayores encubridores de la miseria humana. Caminas por el Vaticano y te preguntas inevitablemente si alguno de los que por allí habitan cree en Dios. Paseas por un cuartel y te gustaría saber en qué piensan los pavos que por allí enredan. Y ves al Rey, ya sea emérito o emeritense, y adviertes que jamás estará a la altura del teatro en el que representan su farsa.

Lo de los curas no hay quien lo entienda. Si el cielo les espera, ¿por qué no acortan el tránsito y permiten que los que carecemos de tan estimulante horizonte nos las apañemos como podamos, ya que nuestra expectativa se antoja mucho menos favorable?

Los militares, para demostrar a la sociedad que hacen cosas útiles, se disfrazan de barrenderos, de bomberos, de constructores de hospitales o de transportistas de material quirúrgico. Si esta es su utilidad, ¿para qué los cuarteles? ¿No estarían mejor en centro de trabajo correspondiente?

¿Y del rey? Eso si que es un misterio. No se trata de renegar de la unidad del Estado, pero ¿no sería mejor elegirlo anualmente y por sorteo? Imaginemos: un premio especial de la lotería de Navidad. La inmensa mayoría de ciudadanos, entre el Gordo y la Corona, elegirían al primero. ¿Entienden, ahora, al Emérito?

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