
A la Iglesia Católica, con el papa actual al frente, no le mola la incineración de los muertos, salvo que resulte necesaria por razones de salubridad. Y ha decidido prohibir, incluso en esos casos especiales, que las cenizas sean esparcidas por uno o varios lugares, repartidas entre los familiares, guardadas en urnas dentro de los domicilios o depositadas en relicarios en forma de anillos, colgantes o lo que fuere. La inhumación es obligatoria, ya sea de cuerpo entero o, excepcionalmente, en vasija de cenizas. La santa madre se ha puesto muy seria: a los fieles cuyos familiares desatiendan estas normas se les negará el entierro canónico, aunque hay un problema: la gente suele organizar el funeral antes de deshacerse de los residuos.
¿A que viene esta recomendación aparentemente tan anacrónica?
¿A que los cementerios católicos, por ejemplo, están reduciendo su clientela y sus ingresos?
¿A que el esparcimiento de las cenizas por doquier es una reivindicación, eso dicen, panteísta?
¿A facilitarle a dios el día del juicio final?
Quizás. Hay que reconocer que arrejuntar cada una de las cenizas diseminadas de cada uno de los hombres incinerados debe ser un trabajo de padre y muy señor mío. Aun con la segura ayuda de ángeles y arcángeles, el buen señor recopilador de infinitas minucias dispersas iba a terminar la jornada agotado. Y a su edad…
No obstante, bien pensado, también debe tener lo suyo recuperar a todos los gusanos que se alimentaron de cadáveres inhumados y extraerles todo lo que ingirieron en los camposantos convencionales.
Solo una cosa queda clara, a la vista de la resolución eclesiástica: lo de la resurrección de los muertos está en crisis. Si el Vaticano pone tantos problemas es, seguro, porque dios se lo está pensando.
