
Criterio. Eso ha reivindicado Elisa Triviño en el acto de reconocimiento a los alumnos ilustres de la Universidad Complutense. Eso ha aprendido de sus profesores “de verdad”, de la universidad “de verdad” y, sobre todo, como aseguró en el momento más emocionante de su intervención, de su madre: “la mejor madre del mundo”. Insistió por varias vías: el título, el diploma, la parafernalia le resultan vacíos, irrelevantes, inútiles… frente al criterio propio.
Los medios han destacado el arrojo, el grito directo contra la presidenta de la CAM, el ripio final de la joven “complutense”. Lo sustancial ha pasado más desapercibido.
El actor Antonio de la Torre abundó, con términos más sosegados, en lo que Eli acababa de proclamar: la necesidad de “pensar por sí mismo».
Fomentar el criterio propio, el pensar por sí mismo, es el objetivo fundamental de la educación. Lo demás, ya sea la formación superior o la especialización académica, solo establece los ámbitos donde se debe aplicar ese principio fundacional.
El acto ha propiciado una reflexión útil en un momento convulso, auspiciado por el rectorado de la Complutense, que obvió la norma general –la elección de los alumnos ilustres por el claustro de la facultad– para imponer su propio premio o su propia premiada: Isabel Díaz Ayuso. Una decisión que pareció y resultó, más que universitaria, bélica, de barricada.
La bronca de los indignados resaltó la sumisión del Rectorado al poder sin criterio, aunque reforzara la estrategia de la presidenta de la CAM, siempre proclive a exacerbar los ánimos, porque la bronca la alimenta. Ella juega mejor en el fango. Ahí el criterio sirve de poco.
