
El hombre sin nombre, Nemo, ganó el premio el trigésimo octavo Tigre Juan de narrativa. Es éste un galardón singular, porque reconoce la excelencia de obras que pasan injustificadamente desapercibidas, a las que trata de rescatar del olvido; como se explicará, no del silencio.

El galardón recayó, pues, en Nemo, la última novela de Gonzalo Hidalgo Bayal (Tusquets), porque «aporta pasajes imborrables a la novela contemporánea”, según el jurado del Tigre Juan, y porque, por ello, merece el reconocimiento de un clásico: “A la sombra de la Biblia, los clásicos grecorromanos y castellanos, pero también de Kafka, Melville o Beckett. Nemo es una extraordinaria parábola sobre el acabamiento, la infelicidad y el ocaso que, paradójicamente, está destinada a perdurar».
Este premio nació en 1978 en el pub Tigre Juan, en memoria de la novela homónima de Ramón Pérez de Ayala. A partir de su trigésimo segunda edición viró en su actual definición: de un galardón convencional a uno mucho más original y, tal vez, mucho más necesario. Así lo explican , aunque calladamente, Nemo e incluso Gonzalo Hidalgo Bayal, pese a los unánimes reconocimientos de la crítica literaria.
La gran literatura está ausente con frecuencia de las vitrinas de los libros más vendidos, de los más elogiados o de los que no parecen adaptables a una serie de televisión, por más que el autor tenga entre sus más íntimas aficiones la del cine. Por eso, este premio Tigre Juan alegra tanto a quienes, como este Lagar, explicitan su íntima predilección por el inventor de Murania o la tierra de murgaños.
Si Hidalgo Bayal en su libro afirma que “lo que hacemos muchas veces no es hablar, sino romper el silencio; ésa es nuestra infamia”, en este caso el premio que recibió en Oviedo es todo un homenaje al silencio. Y una venganza contra el olvido.
