
En este tiempo nada parece a salvo del pensamiento mágico o la fe, del fraude intelectual o la brujeria. Ni siquiera la educación o la salud. Se comprueba a diario. Todo se analiza, se interpreta, se teoriza con argumentos más propios de la nigromancia que del pensamiento racional. Florecen por doquier embaucadores y aficionados al esoterismo que pregonan religiones naturistas y creencias alternativas ante las que la ciencia tropieza una y otra vez, incapaz de demostrar las propiedad curativas e incluso salvíficas de un montón de prácticas cada día más arraigadas: desde la ingesta de agua de mar como sustitutivo de la farmacología o la homeopatía para cualquier roto e incluso para cualquier descosido, la acupuntura que todo lo arregla o que, como mínimo, todo lo alivia, hasta esa ingente retahíla de productos que reivindican lo natural como antitético de la química, sin caer en la cuenta de que el cianuro pertenece al primer bando y el agua (oxígeno e hidrogeno) al segundo.
La verdad, como explica Javier Sampedro en Números contra la posverdad se ha perdido en ese maremágnum en el que proliferan las mentiras. Hasta el punto de que “la misma eficacia de las palabras para expresar la verdad las convierte en un medio óptimo para la propagación de la mentira”
¿La solución está en las matemáticas?
“No se trata de reducir a ecuaciones toda nuestra vida pública, económica y social –ojalá supiéramos hacerlo– pero sí al menos de guiarnos por el espíritu de Galileo, por la racionalidad, por el pensamiento científico, por la dictadura implacable que el mundo ejerce sobre nuestra imaginación desatada”.
¿En esta situación, acaso nos pueden salvar los números?
“El verdadero problema para que los números nos salven de la posverdad (es) que a menudo no queremos salvarnos de ella. No es que los números sean manipulables como las palabras –si los usas bien conducen a un camino seguro–, sino que siempre tendremos la opción de no usarlos, de ignorarlos, de sustituirlos por los ‘hechos alternativos’ de la nueva fe emanada del Ala Oeste”.
¿Entonces?
“Dependerá de que logremos ilustrar a la gente. De que convenzamos al mundo de que debe entender la matemática y la ciencia. De que enseñemos a los maestros a enseñar a los alumnos a pensar de forma racional, inteligente y creativa. De que construyamos una sociedad abierta con la razón como guía”.
