
El estatus en el que debe moverse el actual gobierno de España es muy delicado. Carece de holgura parlamentaria suficiente para improvisar decisiones de cierto alcance, se ve sometido a una presión sin tregua ni mesura por parte de la oposición y, sobre todo, está a expensas de una opinión pública (o una parte de ella) que lo observa con actitud crítica e incluso con suspicacias. Todo ello le obliga a la cautela, a la firmeza y, sobre todo, a la pedagogía; a explicar sin artilugios ni artimañas su propia gestión; en lo genérico y en lo concreto, en lo mayor o en lo menor.
Una situación exigente, pero no perversa. Difícil, sí, porque requiere comportamientos que con excesiva frecuencia se han evitado e incluso impedido: decir la verdad, destacar la complejidad de las decisiones, explicar las motivaciones que justifican cada decisión; es decir, respetar al ciudadano sin ardides ni disimulos que, a la postre, acabarán abonando la desconfianza y, en definitiva, la credibilidad de un gobierno en el alambre.
Por esos motivos el incidente del ministro de Transportes en el aeropuerto de Barajas y su entrevista, o lo que fuera, con la dirigente venezolana no es una anécdota. Las medias verdades y las excusas, las negaciones y las matizaciones, son mucho más relevantes que las exageraciones y el dramatismo de la oposición, porque con ellas el gobierno antepone la treta y el ardid por encima de la política que los ciudadanos merecen, la que se basa en el respeto a la sociedad. La única que merece la pena y la única que puede sacar a este país de su actual atolladero.
Los usos de quienes se afanan por el poder van en dirección contraria, pero los tahúres que justifican esos modos solo merecen el desprecio que ellos mismos ejercen. Por eso, lo ocurrido en Barajas no puede considerarse una casualidad sino un hecho fundacional, que pone en evidencia el modo de entender la política y de actuar en el territorio público por dirigentes muy cualificados. No se trata, pues, de una anécdota y, en consecuencia, debe tener repercusiones.
Hay mucha gente que rechaza a quienes actúan de ese modo. Gente que no está en la oposición al actual gobierno, pero que se ve obligada a criticarlo para poder confiar en la política y en el país.
