No es fin de año, pero la Puerta del Sol está llena. La ocupan millares de jóvenes y algunos adultos. Otros muchos (según se mire) acuden a distintos lugares–símbolo del paisaje urbano de la España plural. Esta vez los congregados no lucen las copas de champán ni la estupidez beoda de la nochevieja. Es otra cosa. No se sabe qué, pero quienes miran se lo preguntan.
Algunos exaltados califican el Movimiento 15M como la revolución, y no exageran, simplemente desconocen lo que ese concepto significa.
El desafío cívico al pensamiento obligatorio, a los antidisturbios y a la junta electoral es fruto de la indignación y la precariedad, de la falta de expectativas y el desprecio al que someten a la sociedad, y no sólo a los congregados, quienes hacen y deshacen impunemente y quienes colaboran en el ultraje aceptando como irremediable lo que aquéllos deciden.
Bienvenido el enojo.
Y el estímulo. Porque muchas de los eslóganes que proclaman eran un clamor antes de que ocuparan las plazas, y nadie se inmutó. Porque quienes ahora los elogian renunciaron hace mucho a moverse de su propio salón. Porque quienes ahora los combaten y, sobre todo, los que callan no han sentido el más leve cosquilleo, aunque sonrían bajo el bigote.
Esta banda sin horizonte –que reivindica la política sin saberlo, pero proclama su oposición a la ideología; que reclama oportunidades, aunque niega tener intereses– está inventando un mundo nuevo, o eso les dicen. Sin embargo, entre quienes lo dicen, sólo unos pocos, muy pocos, lo creen.
No se sienten deudores de los que se opusieron a la dictadura, ni de los iluminados del Mayo francés, ni de los que arrumbaron el muro de Berlín, ni de los desposeídos que quemaron vehículos y viviendas en los banlieus de la Francia inmigrante, ni de quienes han revuelto las sociedades árabes…
Hacen bien en rehusar las rémoras. Para qué aceptar, de antemano, la inevitable condena al fracaso o a la decepción; para qué exaltar el individualismo y la desigualdad que alumbraron lo que tenemos; para qué socorrerse con el consabido quién sabe…
Cuando se manifiestan contra el bipartidismo, se equivocan, porque no hay dos partidos hegemónicos, sino uno solo escindido en dos corrientes: la auténtica, voluntaria o profesional, que se exhibe orgullosa de su militancia, y la sobrevenida, de reemplazo, la que tercia a regañadientes y con mala conciencia. El tiempo en que vivimos no admite otra práctica.
Por eso, quizás se equivoquen aún más, cuando abren la posibilidad de otras opciones. Sobre todo, si a ese reclamo acuden precipitados, a trompicones, innovadores de vieja estofa. Si cuela esa mandanga, virgencita…
Tampoco es eso. Mejor no quedarnos como estamos, pero, si nos libraran de algunos iluminados de sueños carcomidos, el favor resultaría mucho más completo.
Contra los partidos, fábricas de corrupción y ambición… ¡de acuerdo! Los tertulianos asienten. Contra el sistema, contra la democracia… Los pelos se les ponen como escarpias. ¿Se vale negociar?
Entonces se deduce que estos chicuelos no saben donde van. Parece verdad. Lo que plantean no se puede alcanzar. Y eso parece aún más verdad.
Si el fracaso está asegurado, pelear tiene sentido. En ningún caso las víctimas pueden generar un mal mayor del que están dispuestos a provocar quienes se saben vencedores.
La victoria en la guerra, salvo en la ficción, no está al alcance de los débiles. Los ciudadanos estamos obligados a reconocer que hemos perdido el control de nuestra sociedad. Y sólo desde ese convencimiento podremos construir un entramado que nos proteja. Sin profetas embusteros.
Se desaconsejan viejas utopías, pero se recomiendan procedimientos de análisis que alguna vez iluminaron las esperanzas colectivas. Se buscan estadistas y estrategas con los que discutir e instrumentos colectivos con los que actuar. Se consideran contraindicados los aparatos de poder y corrupción, así como las catapultas gremiales contra el asedio.
Sólo cabe mantener la batalla, debatir en lo oscuro, ocupar la atención del enemigo, levantar pequeñas instalaciones en el campamento e ir conectando experiencias… Sabiendo que los buitres acechan. Fuera y dentro.
¡Qué alegría! ¡Resistir es eso!
El final siempre será incierto. Los señores de la guerra se han hecho con el poder y el discurso. Los topos, sin embargo, pudieron sobrevivir y reproducirse.
Para acabar con ellos inventaron el matarratas. Luego trataron de engañarlos disfrazando de liebres a los gatos.
La llaman democracia y no lo es, gritan los manifestantes. Porque eso que dicen el sistema huele mal y, a veces, hiede. La multitud amontonada, sin ducha ni lectura, también; además fuma. Parece distinto, pero te vas acostumbrando.
Estos muchachos conservan todavía la finura de su nariz. ¿Los que investigan la etiología de la enfermedad que les circundan podrán orientarlos antes de que sus tragaderas confundan el olor de la trufa con el de las hienas?
Resistir resulta imprescindible. Pensar, también. Y decidir a cada paso… porque, si el alboroto nos distrae, aún pueden cavar más hondo el agujero.
Las grandes utopías han defraudado por culpa de quienes las combatieron y de quienes las alentaron. Algunos procedimientos más ramplones han permitido algún avance pequeño, insuficiente… Tal vez a alguno le merezca la pena mantenerlo. O quizás lo merezcan, sobre todo, los que perdieron cualquier otra expectativa.
El autoengaño cuando afecta a otros resulta un ejercicio siniestro.
Resistamos, pero no nos engañemos. Las sirenas, de cualquier calaña, son como los reyes magos. Mentira.
