
Hay gente de lengua fácil. Se les calienta la boca. Aprietan el gatillo verbal sin provocación mediante. Algunos viven de eso.
Arturo Pérez-Reverte pasaba por allí con su última novela y, como para mitos ya está él, decidió sacudirle a uno de los indiscutibles. Picasso, explicó, “no pintó el Guernica por patriotismo ni por democracia; lo pintó por muchísimo dinero”.
Cuando las críticas arreciaron, buscó justificación: “Que Picasso cobró 200.000 francos por el Guernica y no pisó España en toda la Guerra Civil es un hecho concreto, real, que yo utilizo en mi novela (…). Yo soy un escritor profesional y me reservo el privilegio —el divertido privilegio— de novelar lo que me dé la gana. (…) Si alguien hace de esto un debate político, ideológico o artístico, lo agradezco por la publicidad que me hacen, pero me importa un rábano”.
“Sabotaje solo es una novela”, concluyó. Pero fue Pérez-Reverte quien no solo quiso aportar verosimilitud a su narración sino quien ratificó, a título personal y fuera de la novela, en la crónica más arriba mencionada, la falsedad. Ninguna sorpresa. Cuando era reportero de guerra encargaba que simularan disparos en sus directos para dar a sus crónicas una verosimilitud que otros preferían denominar falacia. O, más sencillo, trampa.
