Fin de la ejemplaridad.

No sorprende tanto el giro de guion anunciado como sus argumentos.

A lo largo de dos décadas de éxito en el tenis profesional habíamos creado una nítida imagen de Rafael Nadal, el mítico “¡Rafa!”, con o sin “vamos”. Una imagen de persona moderada, defensora de la tenacidad y el esfuerzo, respetuosa con los rivales y ajena a estridencias, que se aislaba o superaba su propia condición de privilegiado, algunos precedentes familiares y determinadas actitudes que aliviaba con un tono reflexivo en medio del fragor que impone el deporte de altísima competición.

Sin renegar ni esconder el fondo conservador de sus convicciones, Rafa Nadal se fue convirtiendo en un referente social prácticamente indiscutible por los valores transmitía: mesura en el triunfo, deportividad en la derrota, sensatez en un mundo en el que priman la rivalidad y el éxito.

En esto llegó Arabia Saudí con su petrochequera y Nadal ha abdicado de algunos valores que la sociedad le había reconocido de manera casi indiscutible por los éxitos asociados a la ejemplaridad en un deporte que tiende a fijarse en la victoria, de la que se derivan la riqueza y la admiración pública.

Lo peor del caso no ha sido el fichaje como embajador del régimen saudí sino sus explicaciones. Pudo pasar más desapercibido, pero quiso justificarse. Ese deseo le ha traicionado. Pudo explicarlo como una cuestión estrictamente económica, similar a otras que pasan de manera rutinaria en una sociedad que sume sin escándalo la acumulación ilimitada, pero se implicó en defensa de un régimen repugnante y de una casta de la sociedad saudí que ofende a buena parte de sus ciudadanos y en especial a la totalidad de las mujeres y a los derechos de los inmigrantes obligados a trabajos forzados en aras de la prosperidad que exhibe de manera escandalosa una monarquía absoluta sin los más elementales contrapesos.

A Rafael Nadal le ha sorprendido la modernidad saudí hasta convertirla en un símbolo de sus propias aspiraciones e indirectamente de los deseos de cualquier sociedad, teocrática o laica. Que antes lo hicieran el despreciable Rubiales o Jon Rahm –nada más que un golfista sin afanes ejemplarizantes– no alivia la decisión del tenista mallorquín. Buena parte de la sociedad española, de muy diverso signo ideológico, no ha podido reprimir su decepción por unas explicaciones que manchan el retrato de una persona que representaba valores y ofrecía respeto. Hoy ofrece una contradicción que descalifica algunos de los valores acumulados por una persona que parecía cercana y ejemplar. Ejemplar, si se quiere, con matices. Pero hoy esa ejemplaridad ha quedado emborronada.

Porque la sociedad le acogió como un tipo cabal, a Rafa Nadal le perseguirá su sombra.

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