
El cotarro político se ha animado en los últimos días pasando del pasmo al disparate. En sólo 24 horas Rajoy consiguió poner en evidencia a su partido, convirtiendo a su ejecutiva en una pandilla de flojos sin criterio ni decisión, y veinticuatro horas después transformando a la presidenta de Las Cortes en una recadera, aunque tratara de ejercer el encargo con ínfulas de ama de llaves: recibió el mandado, se caló la cofia y anunció con énfasis que ella misma había decidido convocar la sesión de investidura, tal y como, y cuando, le había señalado su jefe y aparente amigo, aunque esto último resulte difícilmente compatible con un desprecio tan rotundo.
De ridículo en ridículo, como quien avanza del puente al puente y tira porque le lleva la corriente, el azar mueve las fichas del juego de la oca, adelante, atrás, un, dos, tres, bajo la permanente amenaza de la prisión, la cárcel, el pozo o la mismísima muerte. En los meses anteriores la espiral del tablero se había convertido en un círculo redundante, porque los jugadores o se atascaban en la casilla de salida o, cuando alguien conseguía moverse, acababa en el laberinto para volver al treinta…
La confusión generada por esta dinámica circular e inmóvil llevó, a unos, a anunciar la expectativa de un tiempo nuevo y repetido a la vista de los desaires del presidente a su propia tropa y, a otros, a magnificar el desatino del que dice sí para añadir “o no”.
Sometidos a ese círculo ineludible y contradictorio, al presidente en funciones se le escapó la más memorable de las propuestas ocurridas en los últimos siglos, el golpe superlativo que convierte a un indolente en líder, a un chusquero en estadista, a un pasmado en Aladino. No se ha reparado lo suficiente en la genialidad de la fecha marcada por Rajoy que permite atrapar el sueño: pensar en lo imposible, alcanzar lo impensable. ¡Unas elecciones el día de Navidad! Sencillamente, impresionante.
Urge alentar un haastag atronador y envolvente, un movimiento social imparable a favor de las elecciones fun fun fun, las del 25 de diciembre. Nadie tiene derecho a impedir ese acontecimiento sublime, inigualable. Sólo una mente superior pudo imaginar lo impensable.
Tras una cena de Nochebuena aún más larga de lo habitual, donde las querellas familiares se intoxicaran con disputas electorales, donde los langostinos brincaran a impulsos de la discusión política, donde el cuñado amenazara a la suegra por disoluta y el abuelo escupiera al yerno por reaccionario, donde los muslos del pavo sirvieran como esparadrapo o chupete para tapar la boca y el grito del nieto recién nacido, donde los turrones se convirtieran en misiles contra la dentadura y hasta la catadura de la yaya.
Y así, después de la batalla, nuevamente estimulada por el cava y el gintonic, todos en tropel, a trompicones, borrachos como cubas, alcanzarían el clímax para buscar el amanecer del colegio electoral, arramplando sin orden ni criterio las papeletas amontonadas sobre el aparador de la entrada, sin capacidad para distinguir el logotipo por culpa de la visión doble, dispuestos a introducirlas a empellones en la urna ante el asombro de un presidente de mesa más ebrio que dormido y de unos interventores acreditados con ridículos gorritos de colorines y matasuegras con los que trataran de silbar el himno de sus respectivas formaciones, y empeñados en abrazar a cada uno de los miembros de la turba.
Nadie tiene derecho a estropear esa gran idea, a quebrar la utopía y la quimera. El gobierno puede esperar otros cuatro meses. Nada es más urgente que la felicidad.
Juntémonos todos en la lucha final. Emprendamos una Iniciativa Popular para que nadie arruine la ilusión. Está a nuestro alcance y nunca más nadie podrá repetir la gran utopía de la dicha colectiva, familiar y nacional. Occidente no se había atrevido a soñar este delirio.
Elecciones fun, fun, fun.
Rajoy, si alguna vez dudamos de ti, excúsanos. ¡Eternas gracias, Lumbrera!
