
La adscripción del nacionalismo al eje político de la izquierda responde a una anomalía democrática. Fue la dictadura la que estimuló la confusión agrupando a todos sus opositores bajo un manto unificador que excluía a cualquier disidencia.
Años después buena parte de la izquierda asumió la confusión ya fuera por lealtad a sus compañeros de celda o de castigo, por la necesidad de aunar votos en el Parlamento a la búsqueda de cierta relevancia e incluso del gobierno, o porque la pérdida de perfiles nítidos en la llamada izquierda favorecía ese desajuste ideológico.
Esa es todavía, en muchos casos, una cuestión pendiente, un lastre que con frecuencia confunde a los votantes y justifica cesiones de difícil explicación. Muchas de ellas están sobre la mesa del Gobierno.
Otra cosa es, sin embargo, rechazar en aras de la pureza izquierdista cualquier aproximación a los distintos nacionalismos posibles, aun a sabiendas de que en este tiempo toda afirmación nacionalista deba provocar recelos en quienes anteponen los intereses del territorio al respeto de los derechos de todos los ciudadanos a la igualdad.
