
26–06–23. Jordi Évole tiene la capacidad de hacer siempre algo diferente y estimulante. La entrevista con Pedro Sánchez lo es. Cuando aborda a personajes con responsabilidades públicas no necesita ser agresivo para generar incomodidad en el entrevistado, para obligarle a resolver ante una gran audiencia cuestiones complejas. Nadie puede acudir relajado a la cita. Pedro Sánchez, desde luego, no lo estuvo. Évole le impidió recrearse en los tópicos exculpatorios con preguntas ajenas a la demagogia habitual.
No sé si Pedro Sánchez “convenció” a muchos, aunque ese fuera objetivo el objetivo del presidente del Gobierno. Tampoco sé si al conductor le satisfizo el resultado del programa. El programa me pareció más que interesante. Y si se compara con otras entrevistas, anteriores y posteriores, aún más. En parte, por la pretensión del presidente de encontrar algo inaudito en él: un vínculo emocional con el espectador a lo largo de su discurso. Por otra, porque Sánchez no podía desperdiciar ese momento no tanto en campo propicio como sobre terreno incierto.
Lo de Évole con Pedro Sánchez sugirió un par de cuestiones, anecdóticas, aunque significativas:
Una, la insistencia en reprochar a Pedro Sánchez que no haya acudido a los platós de Ana Rosa Quintana, Vicente Vallés, Federico Jiménez Losantos o Pablo Motos. La reiteración me hizo dudar sobre si cualquier ciudadano debe a acudir, cada día de la semana, por ejemplo, a un medio de comunicación diferente para estar seguro de lo que piensa o debe pensar. No se trata de comportamientos homologables. Jordi Évole lo planteó como una obligación del presidente de explicar sus decisiones a todos los ciudadanos, incluidos los que se informan a través de los medios representados por tales profesionales. Sánchez anunció que visitará a Quintana, a Jiménez e incluso a Motos, pese a que (¿le cabe alguna duda a Jordi Évole?) aprovecharán el paso del presidente por sus respectivos programas para resaltar, un día tras otro, sus “errores” y manipular sus “aciertos”, en detrimento, en todo caso, del respeto que merecen los ciudadanos que no votan a Sánchez e incluso el propio Sánchez, se le mire como mero ciudadano o como presidente del gobierno –por ambos motivos, digno de respeto. ¿Cabe alguna alternativa al inevitable griterío de un amplio y selecto grupo de comunicadores? ¿En aras de qué razón democrática cabe reclamar la obligación de acudir a un campo de tiro en el que el presidente apenas puede jugar otro papel que el de diana, el blanco no tanto de la discrepancia como de la ira? ¿Cuánto gremialismo hay detrás de los argumentos de Évole? ¿Cuánta necesidad, tras la inédita disponibilidad actual del presidente de Gobierno?
Otra cuestión, anecdótica o significativa: la insistencia de Jordi Évole en las contradicciones de Pedro Sánchez. El presidente desactivó la acusación de haber mentido en diferentes ocasiones acudiendo a la definición del viejo catecismo: “mentir es no decir la verdad con ánimo de engañar” En el ánimo situó la diferencia. El ardid resultó convincente y el periodista cargó de nuevo sobre las contradicciones. ¿Por qué como un mal o un defecto? La contradicción forma parte de la vida en común, tanto entre los ilustres como entre los necios; y en particular, entre los responsables públicos. En tiempo de incertidumbres, en una sociedad que navega en aguas procelosas con vientos cambiantes, que se rige no tanto por poderes legítimos como por los intereses de , ¿no será la contradicción en muchos casos inevitable y en no pocas ocasiones saludable? ¿Hay alguien por ahí que haya sobrevivido sin contradecirse? ¿La contradicción puede conducir al acierto e incluso a una nueva certeza? ¿De qué estamos hechos, si no, los humanos de a pie? Otra cosa es la de quienes reman al socaire y al abrigo de los verdaderos poderes, tan conocidos como inevitables?
Lo de Évole tiene la virtud de alimentar nuestras inseguridades y de sobrevivir a nuestras certezas. La entrevista a Pedro Sánchez cumplió en ambos empeños. Aunque dejó sin resolver la gran cuestión que dejó en el aire el renovado dirigente socialista: ¿quiénes son y cómo actúan esas fuerzas ocultas económicas ocultas, ajenas a cualquier control popular o democrático, que operan a través de los canales mediáticos sobre los supuestos representantes políticos? Esa es la cuestión que dejó en el aire el candidato Sánchez, el socialdemócrata prudente que, a la hora de poner nombre a ese poder oculto, decidió esconder bajo el calificativo de «relaciones profesionales».
