«Julieta». Pedro Almodóvar, 2015

DOLOR DE MADRE

084195.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxLa publicación de los llamados Papeles de Panamá, que afectan a los hermanos Almodóvar, ha alterado profundamente el esperado estreno del vigésimo largometraje de Pedro. Y, para empezar, este ha abandonado las habituales tareas de promoción, espectaculares según la tradición de la productora El Deseo, encomendando esa tarea a las dos intérpretes principales, que al parecer han acabado chocando públicamente, por un repentino o quizá largamente incubado ataque de divismo competitivo. No se sabe si el cineasta se ha escondido por cobardía o por cálculo mercantil de patrón que puede descargar el trabajo difícil sobre sus empleadas, pero en cualquier caso ha servido para dar pie a los ataques de la derecha política y mediática que lo odia por sus tomas de postura críticas y consideradas como progresistas.

Más allá de esas circunstancias coyunturales, Julieta, inspirado en tres relatos cortos de la escritora canadiense Alice Munro, ha recibido también el consabido aluvión de críticas favorables y contrarias, a pesar de que, formalmente al menos, y a juicio de los especialistas en la obra del cineasta manchego, se distancia bastante de los rasgos que han definido hasta ahora su trayectoria, tras el relativo fracaso de su desaforado filme anterior, Los amantes pasajeros (2013).

177335.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxAquí la protagonista es una mujer ya madura, a la que da cuerpo Emma Suárez, que sufre lo indecible por el hecho de que su hija Antía salió voluntariamente de su vida hace doce años, sin dar explicaciones, y no ha vuelto a saber de ella. Cuando era joven, en los años ochenta, la misma Julieta –interpretada en esa época por Adriana Ugarte– daba clases de literatura clásica y mantuvo una relación con un pescador del norte, que sería el padre de Antía y desapareció también, en circunstancias trágicas, tras una discusión con ella.

Se desencadena así un cúmulo de culpabilidades, sensaciones de pérdida y otras vivencias dramáticas, que el guion de la película trata de anudar concienzudamente, pero cuyas costuras se descosen ante lo complicado, que no complejo, sino más bien artificiosamente enredado de la trama. Hay personajes que aparecen, desaparecen, enferman, sufren accidentes y mueren sin otra justificación que la que el autor se empeña en darles, entre diálogos también algo más lacónicos que otras veces, pero igualmente ampulosos y cargados de pretensiones autorales.

551718.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxPorque es verdad que el cineasta ha cambiado de registro, optando por una relativa contención y un comedimiento formal ajenos hasta ahora a la mayoría de sus obras, aunque el color del pelo de Bimba Bosé, el pelucón rubio y supuestamente ochentero de Adriana Ugarte al principio y el estropajo de aluminio que adorna la cabeza de Rossy de Palma en su reencarnación del ama de llaves de Rebeca hicieran temer lo contrario. Como es cierto igualmente que a estas alturas no puede negársele a Almodóvar su dominio del rodaje, los movimientos de cámara –a veces demasiado enfáticos–, la dirección de actrices, el montaje, con la ayuda de su eterno colaborador José Salcedo, y el control absoluto de todos y cada uno de los elementos que aparecen en cada encuadre, especialmente por lo que se refiere a los colores, que en este caso dejan de ser los chafarrinones frecuentes en muchas de sus obras anteriores para concentrarse en un uso obsesivo del rojo, venga o no a cuento.

356744.jpg-r_1920_1080-f_jpg-q_x-xxyxxPero todo eso no indica necesariamente mayor profundidad. El intenso drama que se supone vive la protagonista traspasa con dificultad la pantalla y no logra conmover a quien no esté previamente dispuesto a ello. Nada que objetar al trabajo de Ugarte y Suárez a la hora de proporcionar intensidad a su único personaje, y es inevitable referirse a la escena de la toalla, en la que se funden las dos, como en Persona, de Ingmar Bergman, en una nueva muestra de los tics culturalistas del autor. Las dos actrices están bien secundadas por Daniel Grao, Darío Grandinetti, Michelle Jenner o Inma Cuesta, pero su esfuerzo da la impresión de estrellarse con demasiada frecuencia ante la mampara de cristal que el cineasta parece haber instalado frente a ellas y sus conflictos, con el objetivo prioritario de verse reflejado él mismo, como en un espejo, para su propia satisfacción y en más de un momento para desconcierto del espectador. Matices formales aparte, tras el citado tropiezo de Los amantes pasajeros vuelve el Almodóvar trascendentalista y autosatisfecho que ya se exhibió a placer en La piel que habito (2011).

 

FICHA TÉCNICA

Dirección y Guion: Pedro Almodóvar, a partir de tres relatos de Alice Munro. Fotografía: Jean-Claude Larrieu, en color. Montaje: José Salcedo. Música: Alberto Iglesias. Intérpretes: Adriana Ugarte y Emma Suárez (Julieta), Daniel Grao (Xoan), Darío Grandinetti (Lorenzo), Michelle Jenner (Beatriz), Inma Cuesta (Ava), Rossy de Palma (Marian), Nathalie Poza (Juana). Producción: El Deseo (España, 2015). Duración: 96 minutos.

 

Ver todas las críticas de Juan Antonio Pérez Millán. 

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