La Corona, cuestión de herencia

Pedro Sánchez trató de desmarcarse de las explicaciones suscritas supuestamente por el rey emérito, aunque realmente sugeridas tanto en su fondo como en su forma por el rey en ejercicio. Luego se supo que en la trama de aquellas líneas también había participado el Gobierno, que, no obstante, se desvinculó del párrafo exculpatorio, fraguado por el hijo e impuesto al padre, con la mediación entre Madrid y Dubai del abogado del exmonarca y del director del Cesid.

En cualquier caso, el padre suscribió obediente el texto de su hijo y este divulgó sin dilaciones la misiva. Uno y otro acabaron ofreciendo unas explicaciones tan vergonzantes que la Corona corrió a ponerlas sobre la mesa en un momento en que la sociedad española vivía bajo la conmoción de una guerra brutal y cercana. Esa estrategia de pillar a la sociedad por sorpresa, de sacar de tapadillo las noticias importantes y desagradables, con el ánimo de esconder bajo el tumulto las trapisondas de quienes debieran ejercer como primeros servidores públicos.

No cabe exculpación del rey Felipe. Si la carta no formaba parte de una legitimación del regreso a la normalidad del ex–monarca, su difusión carecía de sentido. Pero, formando parte de ese objetivo, la descalificación del amaño no afecta tanto al Juan Carlos como al actual detentador de la Corona.

Como mínimo cabía esperar no solo las explicaciones que ha demandado el presidente del Gobierno sino también un reconocimiento explícito de sus tropelías, una petición clara y exhaustiva de perdón y el compromiso de entregar al patrimonio público todo lo que recibió como máximo representante del Estado. Aunque ni así la sociedad española debería darse por satisfecha.

Porque el exmonarca ha denostado a la Monarquía e incluso la ha cubierto de suciedad. Y la mancha afecta a su propio hijo, porque en una institución dinástica nada es más incuestionable que la herencia. Los errores y, más aún, los defectos se trasladan de las personas a la institución. Por eso el rey Felipe no es ajeno a los delitos paternos, porque son parte relevante de su legado. Con esa mancha de poco sirve modular la voz y poner cara de angelito.

Un ciudadano normal en trance de recibir una herencia tiene dos posibilidades: o aceptarla íntegra, con bienes y deudas, o rechazarla entera. ¿Y un monarca? La diferencia estriba en que, si deseara renunciar la herencia, estaría renunciando a ser rey. Por eso, habría hecho falta un golpe nítido, casi brutal, encima de la mesa. Sin él, para muchos españoles de poco servirá el mantra de una ley de la Corona que nunca llega.

Si se pretende conseguir que la mayoría social se declare antimonárquica, la verdad: ¡Van por buen camino!

Artículo anteriorLa estrategia del escorpión
Artículo siguiente¿Hay alguien ahí para explicarlo?