La España rural reivindica un nuevo modelo

La España rural reclama atención desde hace siglos. La explotación de los braceros, las revueltas campesinas, la reforma agraria que nunca llegó, el abandono de los espacios campesinos, la emigración que provocó el éxodo de los 60 y los 70 del siglo pasado, la despoblación que no cesa… se han ido sucediendo desde que la ciudad irrumpió como espacio central del poder.

La reiteración de los problemas se convirtió en hábito, en costumbre, y la rutina degeneró en olvido; el territorio rural, ahora desprovisto de la influencia y el poder de otras épocas, devino en espacio marginal.

En ese contexto, sin previo aviso, la reclamación secular de la España rural ha encontrado recientemente nuevas expectativas y se ha hecho presente en los medios, en el debate público y, muy especialmente, en la reflexión que alientan sociólogos, economistas y escritores. Una auténtica novedad.

No obstante, en el ámbito de la política los problemas del despoblamiento, del abandono de los pueblos o, de las carencias de ese territorio marginal se reconocen, a lo sumo, en la agenda de diputaciones y gobiernos autonómicos –más que en el del Estado. En todo caso las propuestas institucionales siguen ancladas en planteamientos cuasi asistenciales, basados en la atención a sus envejecidos moradores y en la prestación de algunos servicios paliativos. Tan necesarios para sus destinatarios como insuficientes para alentar nuevas expectativas.

Las políticas públicas abundan así en el asistencialismo, lo que ha generado un clientelismo asimilable al más rancio de los caciquismos reinantes durante tanto tiempo. Se trata, pues, de propuestas ajenas a un modelo de desarrollo que, vinculado a los valores tradicionales que el mundo rural aún preserva, huya de la estéril melancolía y favorezca el encuentro íntimo del hombre con la naturaleza en un marco donde hoy no se puede identificar lo rural y lo agrario.

Los grandes valores del mundo rural ya no descansan en el repercusión económica y ocupacional de la actividad agrícola; aunque esta permanezca como un elemento original distintivo, el mundo rural no está obligado a mantener en exclusiva su esencia campesina. Al contrario, porque la evolución de la sociedad y la tecnología lo facilitan, puede encontrar su impulso en la consolidación de enclaves orientados a la ecología y la innovación, al disfrute de la naturaleza y  la convivencia, al redescubrimiento del tiempo y el espacio, del lugar que estimula la reflexión y la acción.

A todo ello invita ese movimiento que ha encontrado un eslogan cargado de referencias y de estímulos: La España vacía acuñada por Sergio del Molino y reivindicada por otros muchos defensores. En esa relación se debe incluir a Alejandro López Andrada, promotor cultural, poeta, ensayista y narrador, que ha publicado El viento derruido. La España rural que se desvanece (Almuzara, 2017), donde combina los géneros en función de una reflexión desde la íntima vivencia de pasado en trance de extinción sobre la tierra donde nació y en la que se aferra a vivir: la comarca andaluza de Los Pedroches, en el quicio con Castilla la Mancha y Extremadura.

La España vacía reconoce el extraordinario valor simbólico de Las Hurdes como metáfora o sinécdoque del mundo rural español. Así ha sido durante el último siglo.

¿Puede seguir siéndolo? ¿Merece la pena? ¿Cabe alentar esa identificación e incluso esa reflexión desde la propia experiencia hurdana? ¿Quién está dispuesto a apoyarlo?

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