
El fantasma de la ultraderecha aterroriza a la izquierda. Así lo confirman sus representantes o portavoces: la expansión de los radicales de ideología fascistoide reclama con urgencia la unión de todos los demócratas defensores del estado de derecho y, a juicio de muchos, el establecimiento de líneas rojas que expresen el repudio a cualquier forma de connivencia o coalición tendente a situar en el poder a representantes de aquellas facciones facciosas.
Los resultados de las elecciones francesas en su segunda vuelta han servido para medir la verdadera potencia de la ultraderecha: el 41,5% de los votantes. A la vista de esos datos, cabe preguntar: ¿se puede seguir hablando de una minoría social?, ¿marginar a ese aluvión de votantes es razonable y legítimo?, ¿ha llegado el momento de replantear el problema?, ¿se los puede considerar excepciones o se trata, en realidad, de pioneros?
Hubo, sí, una fuerza residual fascista que enraizaba con el pasado turbulento europeo. Residuos execrables que abocaron al mundo a la segunda guerra mundial. Sin embargo, su incremento exponencial ya no se explica por la nostalgia imperial de amplios sectores sociales, sino por la desatención que los Estados han prestado a importantes colectivos que se sienten abandonados y lastrados por las políticas dominantes.
Son sectores cuyos intereses básicos se podrían considerar como afines a las prioridades de la izquierda: víctimas de la globalización, del liberalismo económico, de los ámbitos de poder que condicionan o determinan las políticas púbicas, de la sumisión de la democracia al mercado, del acomodo de la socialdemocracia en ese estatus aberrante…
Ya no vale cerrar los ojos o acudir a ciertas analogías con el pasado. La ultraderecha es un tremendo trampantojo: ofrece cobijo a amplios sectores a los que detesta. Ansía el poder para imponer sus reglas. Entonces se hará evidente su propósito. Pero para evitar esa posibilidad no basta con el anuncio del apocalipsis; resulta imprescindible arrebatar el señuelo con que abducen a amplísimos sectores de la sociedad mediante respuestas ajenas a los problemas reales.
La ultraderecha ha desbordado los límites del puro facherío. Bajo sus siglas y, sobre todo, bajo el respaldo electoral del que ahora dispone (o eso parece) se encuentran muchas personas con motivaciones diversas que coinciden en algo sustancial: se sienten abandonadas, excluidas, atacadas por el sistema social y político vigentes. Y eso obliga a otros partidos y, sobre todo, a la izquierda, a explicar nítidamente sus criterios, sus prioridades y sus intenciones respecto a esos sectores, sin despreciarlos bajo el cliché del facherío en que se cobijan.
O la izquierda atiende a los descontentos del sistema y a quienes se sienten marginados o la ultraderecha seguirá creciendo. Sin asumir la realidad, sin resolver sus contradicciones y sin modificar ni cambiar su estrategia, la izquierda seguirá siendo, aunque lo niegue, alimento para la ultraderecha.
