La verdad inédita de Celestina

José Luis Gómez pertenece al patrimonio nacional. Es un símbolo de lo mejor del teatro, la cultura y hasta del bien decir, de la prosodia del español; el académico, entre amantes de la palabra escrita, defensor del valor superior de la palabra hablada, porque tiene soplo, pneuma, alma. Sin la importancia de ese empeño en su larga trayectoria, tal vez no se pueda entender y valorar su último trabajo, Celestina.

En José Luis Gómez se encuentra siempre solidez, riesgo y un estilo propio, en el que se solapan la complejidad de los planteamientos y una puesta en escena escueta, distanciada, limpia.

Desde aquel Informe para una academia con el que se presentó en España a finales de los 70, con el bagaje de una formación estrictamente alemana, los aficionados al arte de la representación se vieron obligados a clasificarle aparte. Un prodigio como actor, construido sobre el rigor y el esfuerzo por un teatro sin concesiones.

Sin embargo, en aquellas dos piezas iniciales, originales de Franz Kafka y Peter Handke (El pupilo quiere ser tutor), sobresalía, sobre todo en la primera, una capacidad interpretativa deslumbrante.

Aquella sorpresa provocó el inicio de una admiración que ha evolucionado hacia un profundo respeto por su manera de entender el teatro, tanto en la dirección como en la interpretación. Su inmersión en un texto imprescindible del teatro español, La Celestina, ratifica su enorme trayectoria. Y lo hace mediante una colaboración de el/su Teatro de la Abadía, donde ahora se muestra, y la Compañía Nacional de Teatro Clásico, en cuyo Teatro de la Comedia se mostró meses antes.

Más allá de la puesta en escena se advierte un formidable trabajo previo de indagación en el contexto de Fernando de Rojas, en su tiempo, en la reelaboración de una dramaturgia coherente con el original y presta a resaltar valores o problemas que trascienden cualquier época.

El espectáculo teatral se asienta sobre el análisis de la globalidad de la obra y también de los detalles, desde el espacio escénico, la música y la caracterización de cada uno de los personajes, interpretados todos ellos por actores solventes acotados al estilo siempre contenido que impone José Luis Gómez y que en cierta medida convierte a cada uno de ellos en parte de un coro que da sentido a la relectura de La tragicomedia de Calisto y Melibea que propone el director onubense.

Sin embargo, hay algo en La Celestina de José Luis Gómez que puede distraer del conjunto. Su presencia actoral, aunque contenida, es tan fuerte que diluye incluso la tarea de su propia dirección e incluso de la revisión del texto original. El grupo de actores que se han reunido en este trabajo ratifica la enorme ambición de la propuesta; sin embargo, en algún momento (la intervención final de Pleberio, por ejemplo) las interpretaciones se someten a un estilo que contiene la hondura o la emoción, al menos aparentemente. Celestina, en este aspecto, se muestra más libre, lo que lleva a su reinterpretación a la creación de un personaje referencial, inédito con su acento sureño, su gracejo, el baile de sus manos e incluso de su cuerpo.

Otra cuestión a plantear podría ser la introducción de algunos elementos cuyo significado resulta confuso (la presencia intermitente de unas sombras que rodean la escena, símbolo tal vez de una época oscura y turbulenta, o las campanas finales que remiten quizás al contexto religioso). Otros adquieren un valor obvio: la incorporación de toques flamencos, la sencillez del espacio escénico… Y siempre quedará en la memoria un momento excepcional: la cena donde el vulgo allí representado trama, ríe y goza.

Esta Celestina será el referente de un trabajo espléndido, ambicioso en el planteamiento y riguroso en lo formal. Con el sello de José Luis Gómez, al que empezamos a admirar hace ya más de cuarenta años.

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