
La CUP no aceptó dividir su representación en la elección del nuevo President de la Generalitat: se negó a que cinco de sus parlamentarios votara a favor del candidato de JuntsxSí y que los otros cinco se abstuvieran. La fórmula prometía cuadrar el círculo: avanzar en el proceso independentista y disimular la alianza de los anticapitalistas con la burguesía que ha gobernado Cataluña durante los últimos decenios con unas u otras fórmulas.
Luego la CUP se dividió por la mitad, simbolizando en la elección de Mas como President las contradicciones de su doble programa. Al cabo de muchas votaciones inútiles (¿una enmienda con sus propias acciones a la democracia directa), un comité directivo llegó a una solución que relegó al independentismo por unos días. (El mismo cabeza de lista que proclamó la derrota del plebiscito encubierto por las elecciones anunció su dimisión, porque la decisión del comité le impedía defender sus convicciones independentistas). Una semana después, en la víspera del final del plazo que abocaba a unas nuevas elecciones, otro comité apostó definitivamente por el independentismo.
A esta solución final se llega con una fórmula, cuanto menos, paradójica: la CUP cederá a dos diputados al gobierno presidido por un representante de la derecha catalana para asegurar su mayoría parlamentaria frente a los no independentistas, mientras los otros ocho diputados podrán permanecer inmaculados, aunque solo ejercerán la abstención cada vez que el gobierno pueda verse en apuros. El 5-5 era perverso y el 2-8, ejemplar, aunque ambos tengan los mismos efectos.
¿Era Mas el problema? Sí, era un problema: él puso en marcha un proceso de destrucción de la convivencia para salir indemne de sus errores, de sus atropellos a las clases más desfavorecidas, de su complicidad con los sectores más reaccionarios del denominado Estado. Ahora, tras su retirada de la primera fila, Mas se convierte en el mártir de la Catalunya libre, de la reivindicación secesionista. ¿Pero con él se escabullen los principios liberales de su formación, su alianza con las clases acomodadas, su divergencia de clase con las personas a las que dice representar la CUP? ¿Acaso Carles Puigdemont se ha hecho troskista?
Otras curiosidades: si la alianza de la CUP con JuntsxSí es razonable, ¿lo sería también la del PSOE con el PP? ¿La CUP ha dado el golpe de gracia a un difícil acuerdo entre el PSOE y Podemos? ¿Dada su inconsciencia habitual, hoy el PP y Mariano Rajoy se habrán frotado las manos? ¿Tienen razones muchos ciudadanos de izquierda para sentirse, hoy, muy preocupados?
Que vengan los teólogos a explicarlo.
