«Las inocentes». Anne Fontaine, 2016

INTERIOR DE UN CONVENTO

Después de la edulcorada e insignificante Dos madres perfectas (Adore, 2013), la directora franco-luxemburguesa Anne Fontaine aborda en su decimocuarto largometraje una historia con base real. La violación de numerosas monjas de un convento de las afueras de Varsovia por las tropas soviéticas liberadoras de Polonia en 1945. La joven Madeleine Pauliac, aquí llamada Mathilde Beaulieu, fue a aquel país, encuadrada en la rama francesa de la Cruz Roja, para colaborar en la recuperación de soldados de esa nacionalidad heridos durante la guerra, y se encontró con el espectáculo dantesco de un grupo de monjas que ocultaban el embarazo producto de aquel ataque y que estaban a punto de parir.

En esta versión cinematográfica de esos hechos, inspirada en las notas facilitadas por Philippe Maynal, sobrino de la auténtica protagonista, Mathilde es hija de una familia obrera y comunista y no llegó a terminar la carrera de medicina, por lo que trabaja como auxiliar en el hospital improvisado donde se atiende a los heridos. Hasta allí llegará una novicia, implorando ayuda en una situación desesperada, porque la abadesa que rige con mano de hierro el convento no está dispuesta a consentir que trascienda esa situación, por el prestigio de la orden pero también porque el escándalo podría facilitar el cierre del convento por parte de las nuevas autoridades, que no lo ven con la menor simpatía.

Reticente al principio, tanto porque considera que no entra dentro de sus competencias como por lo lejos que se siente de todo lo que representan las monjas, Mathilde acabará cediendo ante la insistencia de la novicia y, haciendo frente asimismo a las órdenes de sus superiores militares, penetrará en ese mundo desconocido para ella y que le produce sensaciones encontradas, desde la repulsión a la incomprensión, pasando por la conmiseración ante lo que sufren esas criaturas sencillas y a la vez complejas en su particular manera de entender el mundo.

Comienza así un juego perfectamente calculado de interacción y consecuente evolución entre los principales personajes del drama, porque cada monja afectada reacciona de modo diferente ante su situación. Desde la que, saltándose las normas establecidas, trata de convencer a la superiora y la desobedece después, prestándose a colaborar con la enfermera, hasta las que consideran el embarazo como un castigo divino que las condenará al infierno a pesar de su inocencia, pasando por las que sienten florecer en su interior las emociones de una maternidad involuntaria, inesperada e indeseada, pero al mismo tiempo real e ineludible.

Todo ello, en un ambiente cerrado y opresivo cuyo excelente tratamiento plástico –magnífica fotografía de Caroline Champetier y adecuada y sobria ambientación– recuerda por momentos a películas tan diferentes como Ida (Pawel Pawlikowski, 2013), aunque esta fuera rodada en blanco y negro, o, con una intención y un sentido diametralmente opuestos, Interior de un convento (Interno di un convento, 1978), del también polaco Walerian Borowcyzk.

Porque son justamente las escenas que suceden fuera de ese marco las que resultan menos convincentes y distraen del conflicto principal y sus consecuencias. Así, el encuentro de Mathilde con la patrulla de rusos borrachos que pretenden violarla a ella también, su relación con el inestable médico judío francés, los contactos con el resto del personal sanitario o con los niños abandonados por las calles –que al final sí encontrarán una significación precisa– sobran en el desarrollo de la densa trama. Que conduce a un desenlace relativamente sorprendente y demasiado cercano al happy end convencional, contrarrestado en parte por el descubrimiento previo del terrible secreto que oculta la abadesa.

Da la impresión de que la directora y sus guionistas, ayudadas en la elaboración de los diálogos y la adaptación de las notas originales por el veterano crítico y también cineasta Pascal Bonitzer, han procurado mantener una cierta distancia entre el agnosticismo de la protagonista y la disciplinada irracionalidad que rige las creencias de sus singulares pacientes, sin caer en el panfleto anticlerical, demasiado fácil en esas circunstancias, pero alejándose del tono confesional dominante en la mayoría de las cintas localizadas en iglesias, conventos y otros recintos similares, así como de la reconstrucción historicista y muchas veces tópica de crímenes de guerra. Lo que confiere a Las inocentes, película de mujeres en su sentido más pleno y positivo, un interés especial por su tratamiento de un asunto tan delicado.

 

FICHA TÉCNICA

Título original: «Les innocents / Agnus Dei». Dirección: Anne Fontaine. Guion: Sabrina B. Karine y Alice Vial. Fotografía: Caroline Champetier, en color. Montaje: Annette Dutertre. Música: Grégoire Hetzel. Intérpretes: Lou de Laâge (Mathilde Beaulieu), Agata Buzek (María), Agata Kulesza (abadesa), Vincent Macaigne (Samuel), Joanna Kulig (Irena), Helena Sujecka (Ludwicka), Klara Bielavka (Joanna), Katarzyna Dabrowska (Anna). Producción: Mandarin Films, Aeroplan Films, Mars Films, Scope Pictures (Polonia y Francia, 2016). Duración: 115 minutos.

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