
¿Qué hacer con el Valle de los Caídos? Ese monumento fascistoide, se vista la mona como se vista, huele mal y el Gobierno ha elegido la fórmula del desodorante para compensar el hedor: la de superponer aromas contrapuestos. Peste con almíbar.
Siguiendo su costumbre, el ejecutivo se ha encomendado a una comisión de sabios, de diferente signo y filiación, para que formule una propuesta sin tirarse los trastos a la cabeza. Como los sabios no suelen caer en estos desahogos, sus disputas suelen acabar en un dictamen difuso que tranquiliza a primera vista y desasosiega a la hora de aplicarlo, porque no hay manera.
Por lo pronto, el episcopado ha tomado las del Villadiego retirando a su representante para permanecer echado en el monte o para contemplar la solución desde su cueva. Mientras, el Gobierno marca el territorio de lo imposible: no se toca ni a los benedictinos ni a la cruz de 150 metros de estatura. ¿Entonces? ¿Cabe una reconciliación que no renuncie a la cruzada? ¿Pueden aceptar todas las víctimas un monumento con cantos gregorianos que sólo han glosado a un bando?
Otro bello propósito absurdo. Y baldío.
¿No sería mucho más razonable dejar el Valle de los Caídos como se hizo y como ha seguido para recordar la ignominia de la dictadura y otros 35 años de condescendencia? Otra solución consistiría en dinamitarlo, pero me parece que tampoco. Vale, preguntemos a los sabios para que pase el trance.
