
Hay un tiempo en el que algo empieza y algo se destruye, en el que la verdad es mentira, en el que el niño y el adulto se confunden. Es el tiempo en que el ser humano siente su abandono, la marginación del arrabal, las esquirlas de la desintegración familiar, la exclusión laboral, la tensión emocional que inunda la memoria, la pérdida de la infancia o, tal vez, el ingreso de otra infancia que ya no se reconoce.
En ese tiempo se sitúan los nueve relatos que Paulina Flores engloba en Qué vergüenza (Seix Barral,2016), título del primero de esos cuentos, el que mereció en su día el premio Roberto Bolaño y el de Literatura del Círculo de Críticos de Arte. Pero más allá de esa situación o ese tiempo, la escritora chilena ofrece unos relatos sorprendentes por la sutileza con que aborda situaciones cotidianas, por la delicadeza con la que profundiza en la costumbre del fracaso, por la potencia de la aparente ingenuidad que remite a la experiencia infantil, por el juego de una narración que exige la complicidad inteligente del lector.
La escritora chilena, con este primer libro, ha deslumbrado a la crítica, que la ha recibido con el entusiasmo de quien se sabe que “ha venido para quedarse”. Su voz, tan propia, no admite dudas, aunque con referencias a Anton Chejov, a Gabriela Mistral o a Alice Munro, en sus relatos predomina la sutileza, la ingenuidad, la levedad, lo íntimo; pero ninguna de esas perspectivas atenúa la dureza del desencanto o la derrota, la crudeza de la soledad y el desengaño.
Esa manera de mirar es también la manera de decir de Paulina Flores, sin trampas ni moralejas, con la ambigüedad de la complejidad, de la vida; con la sencillez en que se expresan los sentimientos más intensos; con una estructura que invita y exige al lector atención y sosiego; porque la narrativa de Paulina Flores está en la sugerencia, en los detalles.
Talcahuano, Espíritu americano y Afortunada de mí –un cuento con estructura mayor– pueden marcar los puntos culminantes de este mosaico de relatos que no solo abordan cuestiones coincidentes sino que también se narran con un estilo común, con el detenimiento del que quiere observar la vida en un espejo que concentra los detalles del espacio y, sobre todo, del tiempo.
