
Rajoy acudió a Trump para conseguir que, con su proverbial sabiduría, calificara el independentismo catalán como una “tontería”. Misión cumplida.
Dirigentes catalanes proclives al independentismo acudieron a las declaraciones de Trump para encontrar respaldo a sus tesis.
Que Rajoy se entienda con Trump se entiende.
Que lo hagan algunos sectores catalanistas, también.
¿Quién completa el silogismo?
El compromiso social de la ley de Transitoriedad de Cataluña, la que sienta las bases de la nascitura República, es más débil que el de la Constitución Española. «El reconocimiento específico de derechos sociales se reduce al punto segundo del artículo 23, exactamente cuatro líneas, 40 palabras, de un total de 45 folios«. ¿Esclarecedor?
Como mínimo, significativo; al menos, del verdadero interés de Esquerra y la CUP (el PDeCAT a estos efectos no cuenta), que reclaman la independencia como el instrumento imprescindible para una acción de izquierdas, a favor de los derechos de las clases más desfavorecidas, aunque sea en detrimento de las clases más desfavorecidos de la rancia y pobre España. Como de esto no debe caber la menor duda, seguramente en la apresurada tramitación del texto o se despistaron momentáneamente o se les fue la olla de tanta pasión emancipadora.
No obstante, si se analiza su comportamiento en los últimos años –por lo menos, desde que perdieron las elecciones plebiscitarias–, entonces se deduce que en el olvido de tales asuntos radica su coherencia.
¿Tendrá esto algo que ver con los niveles de renta de quienes votan a esas formaciones? Marx lo habría tenido claro. Pero eso, a estas alturas, son antiguallas.
La narrativa independentistas ha ganado por goleada o, tal vez, por incomparecencia del Estado; en buena medida, por incompetencia, como la del gobierno; en otra parte, por la presión de quienes han ocupado los altavoces y la calle.
Pese al Disparate nacional que nos absorbe, las elecciones en Alemania tienen más importancia que el referéndum en Cataluña. Pero este se vive apasionadamente y en eso amplía la percepción. Y el problema.
El 80 por ciento de la ciudadanía catalana está a favor del referéndum. Y eso justifica a los convocantes.
El 80 por ciento de la ciudadanía catalana estaba contra los recortes. Ni caso.
El 80 por ciento de los españoles está contra la independencia de Cataluña. Y eso justifica al Gobierno.
El 80 por ciento de la ciudadanía española estaba contra los recortes. Ni caso.
