Día de viaje.
De madrugada leo un par de opiniones sobre la situación en Europa. Por una parte, Enrico Letta se refiere al riesgo de que las próximas elecciones europeas, las que elegirán al Parlamento Europeo con mayores competencias de la historia, el de la mayoría de edad, elijan una cámara con muchos euroescépticos o, si se quiere, antieuropeístas. Por otra, el primer ministro holandés, Mark Rutte, alude a la ola populista que invade la UE, incluidos los países que han marcado el rumbo de la construcción de ese ente de razón que todavía es Europa.
Dan ganas de responderles que ellos sabrán por qué, que en sus actos encotrarán las respuestas a sus preguntas, o que los ciudadanos ya no estamos para soportar más decepciones e inoperancias. Pero, siendo esto cierto, también se podría afirmar que el deterioro de la idea de Europa es también el deterioro de un modelo de sociedad que en algún momento mereció la pena, porque ofrecía algo más y mejor de lo que teníamos a mano.
Cavilo sobre estos asuntos mientras conduzco. Vengo de una región en la que las condiciones de vida de sus habitantes han experimentado una importante transformación. No podría explicarse ese cambio sin Europa, sin la generosa contribución europea, aunque también sea verdad que ha habido demasiada inoperancia, excesiva burocracia, mucho mamoneo por parte de los administradores de unos fondos indudablemente cuantiosos.
Europa ha dado viabilidad a una comarca que parecía al borde del desahucio, porque, en última instancia, la mala gestión tiene responsables más cercanos. Es cierto que los recursos empleados no han generado estructuras y modelos más eficientes en sí mismos, no han sido suficientes para alumbrar la deseable autonomía de la zona o la creación de una sociedad con iniciativa para garantizar la propia autosuficiencia, sino que ha incentivado un modelo basado en el subsidio y la subvención, lo que la mantiene en estado de permanente dependencia que combina la exigencia de ayudas sin límite y el recelo del que se siente con ese derecho y más.
Pero de todo esto la responsabilidad está mucho más cerca que Bruselas. Han sido los políticos y gestores locales los que han abundado en esos criterios, los que se han arrogado la generosidad y los que solo utilizan a Europa para justificarse o para reclamar una atención paternal permanente.
Europa tiene la culpa de las transformaciones más importantes que se han vivido en España en las últimas décadas. Pero los que más se han aprovechado de ellas las han ignorado y los que tenían la obligación de explicarlo ningunearon la idea europeísta, le negaron mayores recursos y enarbolaron la bandera nacionalista de la soberanía cateta cuando lo que hacía falta era desarrollar un realidad mucho más ambiciosa.
El problema es que ahora esa bandera se ha llenado de recelos y se ha contaminado por una política económica y social que, pese a su innegables actuaciones en materia redistributiva, en los últimos años huele a mercados, finanzas, clasismo… Pero esto último no es solo suyo; lo han compartido todos los gobiernos del continente: los que imponía el último criterio. Y entre ellos estaban los nuestros (por señalarlos de alguna manera).
El atasco en el único carril de acceso a Madrid me incomoda. ¿Será culpa de Europa?
– Depende de a quién preguntes.
– Lo suponía.
