
Llegados a cierta edad las necrológicas se convierten en un aldabonazo recurrente, nunca en rutina. Menos aún en determinadas ocasiones.
Hoy ha muerto un narrador excepcional. Sin él nuestra percepción de la realidad desde la posguerra hasta la transición habría sido bien distinta. Por eso, más allá de su vida, seguirá siendo recurrente e imprescindible. Juan Marsé.
Entre las muchas necrológicas leídas, elijo la de Javier Rodríguez Marcos: Mi primera vez.
La imaginación de Marsé construyó la narrativa de su época; es decir, la verdad a la que nos orientó su brújula. El editor Andreu Jaume recuerda una reflexión, casi un epitafio, del protagonista de Rabos de lagartija: “Vale, de acuerdo, tú lo has vivido pero yo lo he imaginado; no creas que me llevas mucha ventaja en el camino de la verdad, hermano”.
Por lo uno y por lo otro así hemos sido. Y seremos, mientras seamos.
