
2020 nos situó frente a la incertidumbre que generó la Covid19. Nadie la previó, pero el desconcierto se hizo muy pronto mayúsculo.
2021 ha amanecido con otra realidad inimaginable: el presidente de Estados Unidos en pleno ejercicio, aunque al final de su mandato, alienta un golpe de Estado en su propio país y consigue la insurrección de miles de personas.
La realidad de enero se impone: hace un frío del carajo.
La pandemia avanza a un ritmo insoportable que aminora las expectativas depositadas en las vacunas.
La democracia más demócrata del mundo es compatible con un sátrapa. Y una parte numerosa de la sociedad de ese país tan escrupulosamente democrático aplaude a los golpistas.
¿Para qué sirve un partido político que ampara al déspota que lo representa?
