
21 de diciembre. Elecciones en Cataluña. Convocadas por el gobierno español, una vez intervenida la Generalitat de Cataluña. La campaña ha sido compleja y tensa, extraña y absurda. Ha llegado la hora de conocer los resultados.
Escucho la Cadena SER. Conduce el programa electoral Pepa Bueno. Me pregunto: ¿quién dirige esa cadena?
Esta vez no hay encuestas a pie de urnas, las llamadas israelitas. Hace más de veinte años propuse que se eliminara su uso en la cadena en la que trabajaba, porque inducían a más errores que a certezas y porque resultaban costosísimas. Despreciaron la propuesta. Razonablemente: nadie se atrevía a iniciar un programa electoral a las 8 de la tarde sin una muleta con la que protegerse hasta que el recuento ofreciera datos fiables; al menos, dos horas más tarde. Hoy esa prevención carece de sentido. Sabemos que es posible llenar horas y horas de supuesta información política sin más asidero que la verborrea de los tertulianos, siempre dispuestos a repetirse sin rayarse, enfatizando lo banal y banalizando lo solemne.
Frente al televisor, la radio, el ordenador con los datos en directo, la tableta con otra cadena conectada voy tomando notas. Estas:
Los representantes de los partidos no tienen nada que decir, pero comparecen. Exigencias del guión que imponen los medios. La representante de Junts per Catalunya, Elsa Artadi, sugiere irregularidades en algunos colegios electorales e induce a la sospecha: ¿movimiento de pucheros o pucherazo? Suena a increíble, a ardid o a pataleta. Nunca más se vuelve a hablar de manipulación, Pero que quepa la duda, por si acaso…
Puigdemont se aparece en Bruselas. ¿De qué ríe a esas horas de la tarde? ¿Provocación u ofensa? Un fornido mosso le protege. El president, ufano en su refugio, simula su irrelevancia frente a los ciudadanos que ejercen su responsabilidad y su derecho. Resulta patético. (La Academia de la Lengua acaba de asumir que ese epíteto lo pueden aplicar simultáneamente sectores irreconciliables: los que se emocionan ante el fugado y los que ledesprecian. Así es el lenguaje).
A las 10 de la noche las conclusiones de la noche electoral ya están sobre la mesa. Agustí Alcoberro, de la ANC, anuncia un mantra para los días venideros: “Las elecciones han ratificado la república proclamada el 1-O”. Xavier Albiol echa la culpa de su estrepitoso fracaso a Ciudadanos, la lista más votada, a la que echa el mal de ojo: “La fiesta les durará cinco minutos”. De la suya no se habla. Miquel Iceta propone otro eslogan: “los votos no avalan el procés”. Xavier Domenech enuncia una afirmación que huele a excusa (“la convocatoria era ilegítima, pero el resultado es sagrado”) y otra irrefutable (“la izquierda ha fracasado”).
Queda lo más fuerte. A las 11.30 de la noche Elsa Artadi ofrece los resultados de los partidos en disputa: Puigdemont contra Rajoy, independencia contra 155. Para concluir con la obligación de “restituir el gobierno legítimo”.
Marta Rovira hace sus cuentas: los resultados ratifican la independencia y la república. Debe ser de letras: por eso, quizás, recurre a la épica contra la «ofensiva policial, judicial y mediática”. Si no hubiera era sido por eso…
Inés Arrimadas acude a su cita como vencedora de la elecciones y líder de la oposición en la perspectiva más realista. Un gran éxito que no cambia nada. Por eso su frase más contundente mira en otra dirección: “Rajoy ha perdido”.
En eso también está de acuerdo el prófugo Puigdemont, investido del aura que desprende su triunfo sobre Esquerra. El exilio, aunque voluntario, reporta más recompensas que la cárcel. Antes de celebrar el resultado, le resta valor: él comparece como president de Catalunya y, luego, se inviste de gloria: las elecciones hayan ratificado la legitimidad de la institución y su continuidad desde 1359. Y el personal celebrándolo como si fuera un estreno.
El gobierno español y Rajoy, mudos. Quizás sigan pensando que este asunto no iba con ellos. ¡Felicidades!
Muchos ciudadanos se van a la cama con cara de pasmo. Tras lo vivido en los últimos meses, nadie puede estar seguro de que el disparate remita. Los primeros síntomas anuncian su repetición . Es posible tropezar dos veces en la misma piedra. De la misma manera que se puede ahora a sabiendas, reincidir en el error.
Si el pueblo no se equivoca, al pueblo no hay quien lo entienda. ¡Ah, el pueblo!
