Periodismo en una sociedad sin contrapesos eficaces

Hay un periodismo de buenas intenciones. Medios que exponen, e incluso comprometen, su línea editorial de manera explícita consus lectores o seguidores. Que la definen con voluntad de transparencia y la asumen como una obligación, a la que trata de responder su propia organización interna, su relación con los lectores o usuarios, su estatuto de redacción e incluso determinadas unas instancias de vigilancia que impidan el desvarío respecto de aquellas intenciones. Sin embargo, buena parte de ese prontuario de buenas costumbres suele estar muy cerca de determinados tópicos instalados en el periodismo bienpensante, más ingenuos que eficaces.

En ese sentido sobresale la identificación de los medios de comunicación como un contrapoder; caso el contrapoder por excelencia. Pero… ¿de qué o quién, contra qué o quién? El concepto tiende a camuflar lo evidente: cualquier medio interviene de manera inevitable sobre el tablero político y ciudadano y, por ello, resulta mucho más exacto reconocerlos como el espacio donde se disputa y donde la neutralidad solo se puede percibir, en el mejor de los casos, como un voluntarismo fundado sobre la pura ingenuidad.

La sociedad no demanda instrumentos mediadores que alivien el dominio de determinadas clases o intereses. Hoy por hoy, y por mañana también, el sometimiento de esas clases o intereses a la voluntad popular es tan solo una quimera. El contrapoder (o poder a la contra) suena así a tópico sin fundamento, a falacia, a paracetamol frente al cáncer.

Ese el marco en el que se mueve el periodismo. Apariencia, sucedáneo, camuflaje… ¿Por qué no aceptarlo? ¿Por qué investirse de un ropaje irrelevante, caduco o falaz? ¿O todo ello al mismo tiempo?

Yo también he hablado del ejercicio del periodismo como un contrapoder. Me tranquilizaba e incluso, eso creía, me legitimaba como resistente. Pero, ¿con qué autoridad o derecho me erigía en valedor de esa idea sobre la que pretendía sustentar mi decencia social o moral? ¿Para qué servía ese eufemismo inane? ¿No sería más noble, a estas alturas, aceptar la reivindicación desde un noble sentimiento de derrota? Y dejar a los medios como un espacio, todavía relevante, sobre el que se decide el poder real de la sociedad; aunque, en lo sustancial, casi nunca a favor de los ciudadanos. En definitiva, como un lugar incompatible con la neutralidad. La ciudadanía requiere otros instrumentos, como decidir el terreno de juego.

El eufemismo del contrapoder trata de escapar de la asimilación de los medios con un partido político o con intereses muy determinados. Porque ese es el terreno de juego marcado desde el poder y frente al que no cabe, o eso parece, oposición. La disputa hay que plantearla en el terreno ideológico, en el de las ideas y no en el de la práctica política. Sólo desde el ámbito ideológico se puede modificar la acción política.

¿Debería ser ese el terreno de los medios? ¿El enfrentamiento por encima de la melancolía?

Porque, a la postre, defender la libertad o el derecho a la información solo será posible en una sociedad no sometida a principios o valores que la atacan. Tal vez por ello haya que defender la libertad y la información desde el sabor de la derrota: eso sí, sin resignación.

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