
Cuando leo a Valdano me reconcilio con el fútbol. Cada vez que escucho los programas supuestamente deportivos de la radio o la televisión me asquea esa supuesta competencia de charlatanes iletrados que, para compensar la escasez de ideas, arrojan consignas como puños y tópicos con regusto etílico.
La tertulia deportiva se ha convertido en territorio arrojadizo. Sus protagonistas se reivindican como un sanedrín de periodistas, aunque desconocen los códigos más elementales de ese oficio y los criterios que la información requiere. Para ellos los datos son meras suposiciones; la opinión, una puerta abierta al disparate, y el respeto a los oyentes o espectadores, e incluso a los profesionales objeto de sus críticas, un absurdo propio de meapilas.
Lo peor de todo es que esos modelos han ido ocupando los espacios supuestamente dedicados a la información política, a la que aborda los problemas sociales y las diferentes acciones y propuestas que se someten a la decisión de los poderes públicos y, supuestamente, a la deliberación ciudadana. La tertulia se ha convertido en el género por excelencia de la información y eso explica y justifica el griterío, la radicalización, el fanatismo partidista. Lo razonable asoma apenas y, cuando lo hace, se ve atropellado por el torbellino de dislates que pugnan por el asentimiento feroz de quienes en silencio seguimos a la espera de que Valdano nos tranquilice, esquivando a los enajenados y sugiriendo tan solo que el deporte puede ser digno.
Nota: Valdano es aquí un genérico al que dio nombre y personalidad Jorge Valdano, pero que se ha extendido con otros comentaristas que nos curan de la depresión a la que nos invitan los narcóticos que subastan la inmensa mayoría de los programas deportivos.
