
Comenta Elvira Lindo en su artículo dominical de El País –en esta ocasión titulado La edad de la impaciencia–que “una serie de diputados, miembros del Gobierno, exministros, que han colgado el hábito de la política activa hace bien poco han sido contratados para formar parte del club de la tertulia”. Y añade: “Son muchas las tertulias, pero como los tertulianos se repiten tanto como los temas, al final de la sensación de que solo hay una”.
Tal vez esta situación se derive de la tendencia habitual de los políticos a tertulianear y la de los tertulianos a politiquear, por lo que, al final, unos y otros se encuentran en el mismo y único lugar del que disfrutan y para el que se creen útiles, aunque sea a costa de enturbiar la convivencia o convertir el debate público en una cámara de egos y de ecos.
La sociedad padece, inerme, estos dislates frente a aquellas confluencias que la excluyen definitivamente de la política auténtica. Por eso, quizás sea hora de llevar la reflexión al ámbito filosófico y encomendarse a quienes escrutan la vida con mirada larga para encontrar la vía que nos lleve a saber lo que queremos y cómo podemos decidir para conseguirlo.
Porque, en el fondo, políticos y tertulianos son cómplices de extender una identificación falaz: confundir la esencia misma de la política con los modos concretos de llevarla a la práctica. Esa manera de ejercer la política se asemeja cada día más a un juego de rol en el que truhanes elegidos por los jugadores tratan de salvar a sus poblados con cartas y trucos marcados por ellos mismos. En la política auténtica no debieran caber ni trucos ni truhanes.
Por eso, resulta imprescindible distinguir entre el juego de rol –con trucos y reglas– con el que algunos interesadamente la confunden y la política que sirve a la sociedad con objetivos y criterios razonables. Solo así estaremos en condiciones de decidir y adaptar el significado y el valor de la política desde su raíz, así como fijar sus objetivos y sus métodos.
Y para ello se requiere escuchar a filósofos o pensadores con mirada larga en lugar de atender a tahúres y corifeos. Escuchar a exministros adaptados en tertulianos –o viceversa– no mejora la realidad ni su comprensión. En tanto no renuncien a su propio charco, redundarán en la ciénaga común, sin poder evitarlo.
