
A algunos convictos independentistas les indigna la respuesta con la que algunos amigos o conocidos españoles expresan su hartazgo por el conflicto catalán: “¡Qué se vayan!”. Este exabrupto les indigna. ¿No es eso lo que ellos mismos proponen y defienden? ¿A qué, entonces, el enojo? ¿Por el desprecio que se desprende del desplante? ¿No lo hay, acaso, en la decisión de los ofendidos, que es previa? ¿O es que solo a ellos les asiste el derecho al enojo? Sí, hay algo de prepotencia en ciertas actitudes; un tufillo, digamos, para ofender lo menos posible.
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Otro argumentario.
– Estás en contra de lo que piensa toda la familia que vive en Cataluña.
– ¿Y?
– Quizás merezcamos algo más de respeto.
– Mejor no mentar a la familia en este asunto.
La discusión había transitado hasta entonces por argumentos estrictamente políticos. Nada hacía prever aquel desvío. O desvarío. Había que morder la propia lengua. ¿Acaso lo que piensa toda la familia que vive en Cataluña no implica, como mínimo, una falta de solidaridad con toda la familia que vive fuera de Cataluña? Mejor callar.
– No acepto el debate en esos términos. Desisto.
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¿Todos los que consideraron que el PSOE traicionó a la izquierda al abstenerse en la investidura de Rajoy y ahora apoyan la elección de Puigdemont qué son? ¿Traidores de la izquierda? La antigua Convergencia que devino en Junts per Catalunya y ahora se ha transformado en Junts per Catalunya fue adalid de los recortes, y de la corrupción; una formación de derechas que, camuflada como independentista, recibe el apoyo inequívoco de Esquerra, la abstención de los Comuns –tan críticos con el PSOE de la abstención– y el respaldo de la CUP. En realidad, esto último resulta menos criticable; pertenecen a otro lugar y a otro tiempo.
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La sentencia del caso Palau y la huida de Artur Mas de Convergencia dejan fuera de toda duda la influencia de la corrupción en la expansión del independentismo catalán. El juicio de la Gurtel ofrece la otra cara del contubernio, la española y popular. Los recortes estimularon a uno y otro bando. ¿Tras esas patrañas se pueden esconder sentimientos nobles? ¿O tal vez solo demuestran la miseria de aquellos sentimientos?
