
Quim Torra ha sido un permanente interino que acaba de recibir el encargo de su vida. Quien le ha designado para su nuevo empleo le ha puesto fecha de caducidad e incluso le ha negado el despacho que debiera corresponderle. Era el undécimo en la lista de amigos de Puigdemont (con añadidos de su antigua formación política), manifiestamente minoritaria en las últimas elecciones, pero le ha sonado la flauta. Así alcanzó lo que nunca había soñado sin dejar de ser fiel a sí mismo: provisional, precario, efímero, sustituto, suplente.
No se debe desestimar a este agente de seguros, que ha ido permanentemente del coro al caño, de una asociación a otra, de un oficio a otro, de una afinidad a otra, de un empleo a otro, aunque siempre firme para denigrar a charnegos en particular y españoles en general. Ahora su provisionalidad le da fuerzas: puede demostrar que cumple el encargo a pleno rendimiento. Antes de empezar lo ha anunciado: Cataluña vive una crisis humanitaria y es necesario abrir un proceso constituyente.
¿Por qué cuenta con el respaldo de ERC y, tal vez, la complicidad de la CUP? Un verdadero misterio. Sin explicación racional, con certeza religiosa. Ha sido designado por razones dinásticas, porque a Puigdemont le ilumina la divinidad. ¿Acaso no han visto que junto al ungido presidente legítimo se encontraba la virgen de Montserrat? ¡La mare de Deu!
