¡Rediós santo!

Leo un artículo del presidente de Telecinco en El País (Las televisiones públicas y la pólvora de rey) en el que reclama, en nombre de las televisiones privadas, que las públicas renuncien a la contratación de los grandes eventos deportivos.

Escribe como presidente de UTECA, la asociación de televisiones privadas, pero sólo defiende los intereses de Telecinco, porque la otra cadena supuestamente interesada en los derechos de la Champions, Antena3, pasa olímpicamente del evento: ya perdió bastante dinero en su momento.

Nadie puede esperar que en debates cuajados de intereses particulares los interesados argumenten con rigor o lealtad, pero no conviene renunciar a nuestra capacidad para la duda o el asombro: ¿qué puede saber Telecinco de servicio público?

Sólo un dato: el máximo representante de Telecinco, su presidente, no pinta ni copas en la acción ejecutiva. Su cargo es una impostura. Normal que diga lo que dice. Los otros, los que mandan de hecho por decisión y voluntad del capo dueño del negocio, cumplen el catecismo del presidente del Consiglio: preconizan la castidad ajena mientras se van de putas con menores.

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