Reflexión con perspetiva

Decidí leer Arenas movedizas como un homenaje a Heining Mankell. Sus libros me han acompañado, me han entretenido y, sobre todo, me han obligado a entender algunas contradicciones ocultas tras estereotipos de la sociedad del bienestar desarrollada en los países nórdicos. Él nos mostró el interés de una literatura que en gran medida desconocía y aportó nuevos criterios a un género siempre en evolución, la novela negra. Kurt Wallander pertenece a nuestro imaginario, pero, por encima del inspector, nos pertenece su autor. La dimensión de Mankell desborda ampliamente la de su detective; como Carvalho y Manuel Vázquez Montalbán.

Afronté el último libro de Mankell con un profundo sentimiento de pérdida. Su muerte me había afectado. Tal vez esta predisposición haya condicionado mi valoración de Arenas movedizas. No importa, cada lector tiene derecho a su propia lectura. Así, el relato de las reflexiones y los recuerdos de esta obra final del escritor sueco, escrita a partir del momento en que le diagnosticaron el cáncer que le mató, aporta una nueva perspectiva a su obra y, sobre todo, una dimensión mucho más compleja a su trayectoria cívica y moral.

Quizás esto sea lo más conmovedor de un libro que incluye episodios narrativamente formidables (Una catedral y una nube de polvo, Habitación número uno, y otros muchos), pero que, sobre todo, muestra el trasfondo sobre el que se asientan la vida y la obra de un autor al que recordaremos siempre. Arenas movedizas no es el diario, pero podría serlo, de un hombre que se enfrenta a una enfermedad que, él lo sabe, puede ser mortal, y que lo hace con el ánimo de reflexionar sobre el sentido de la vida desde su propia experiencia, desde sus vivencias, y sobre las pautas morales que la convierten en algo que, lo sabe, puede ser decente: «He tratado de levantar una empalizada para resistir lo que me asusta. Si ocurriera lo peor, si el cáncer se extendiera y fuera imposible detenerlo, moriría. Ante eso no hay nada que hacer, salvo mostrar el mismo valor que hay que tener para llevar una vida decente».

Tal vez por ello, dentro de la narración, se encuentran numerosos aforismos, reflexiones que invitan a la solidaridad, al respeto, a la empatía, a la búsqueda y, en definitiva, a la decencia. De ese modo, al profundo aprecio de la obra de Mankell, al aprecio de su personalidad, durante la lectura de esta obra casi póstuma se añadió la inquietud por la posible evolución de la enfermedad que padecen algunas personas muy próximas.

Mankell reconoce el momento decisivo en su trayectoria, cuando decidió que escribir es «iluminar con la linterna los rincones en penumbra y, en la medida de mis posibilidades, desvelar lo que otros trataban de esconder. Existen dos tipos de narrador que se encuentran en una lucha constante. Uno entierra y esconde, mientras que el otro cava para desvelar».

Tal vez por eso le echaremos de menos. Y entonces habrá que volver sobre sus Arenas movedizas.

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