Las empresas públicas o, mejor, lo que queda de ellas deberán andar con tiento; atarse los machos, que viene a ser lo mismo. Los malos tiempos que se vienen cerniendo sobre lo público amenazan con convertirse en un acabose. Grecia, Portugal, Irlanda… no han privatizado lo suficiente. Y España, tampoco.
Sobre las televisiones públicas la tempestad viene anunciada en todos los servicios meteorológicos. Para las autonómicas, para la estatal, para todas ellas, salvo que estén avaladas por la manipulación o la vinculación a intereses afines a quienes las gobiernen.
Algún dirigente popular lo ha explicado de manera indudable: se trata de “el tejido adiposo de la administración”. No me atrevo a contradecirle del todo. En la administración y en los medios públicos sobra ineficiencia, defendida en ocasiones bajo el ardid de los derechos sociales o el servicio público. Por eso, el día que caigan servicios relevantes de la administración o de esos medios, algunos que han contribuido al engorde artificial serán también responsables del batacazo.
Volviendo a quienes ahora diagnostican con horror el síndrome sebáceo, ¿por qué se empeñan en tratar al paciente, en lugar de con técnicas de liposucción, mediante la fórmula de sacarle las tripas para que algún amigo las rellene de otras pestilencias? Ésa ha sido hasta ahora la terapia aplicada en casos similares.
