
LUCES Y SOMBRAS DEL DEPORTE ESPECTÁCULO
Tras la excelente Philomena (2013), relato de apariencia intimista pero con amplias repercusiones de todo tipo, el versátil cineasta británico Stephen Frears se enfrenta a otra historia real: la del ciclista estadounidense Lance Armstrong, campeón del mundo y siete veces ganador del tour de Francia, que al cabo del tiempo fue declarado culpable reiterado de dopaje, desposeído de todos sus títulos e inhabilitado para la práctica del deporte.
Alejándose del manido esquema de la biografía cinematográfica de un personaje popular, Frears plantea su película como el solapamiento de una doble búsqueda: la del éxito a cualquier precio por parte del protagonista y la de la verdad que el periodista David Walsh, del «Sunday Times» londinense, sospecha que se oculta bajo esa obsesión por el triunfo. En su libro «Siete pecados capitales» se basa el guion y él aparece como personaje fundamental del filme, interpretado por el actor Chris O’Dowd. Con una coda final, igualmente sugerente: la sucesión temporal de Armstrong por su compañero de equipo y fiel gregario Floyd Landis, que desde el principio intuyó los turbios manejos de su jefe de filas, trató de oponerse a ellos, atenazado por escrúpulos morales de raíz religiosa, claudicó por miedo al ostracismo y después lamentó verse marginado o no compensado debidamente por su discutible lealtad.

Ese triángulo temático da a The Program el aire de una película de suspense, cuando la realidad es que el espectador conoce el desenlace desde el principio e importa mucho más la forma en que llegamos a él que el interés por lo que pueda ocurrir al final. El cineasta maneja con destreza los materiales de archivo y los combina con un sabio sentido de la elipsis hasta conseguir un ritmo que en muchos momentos se asemeja a una de esas retransmisiones deportivas que salpican el conjunto.
Pero detrás de ese aspecto quizá liviano y a ratos televisivo se esconden varias preguntas fundamentales para entender el fenómeno Armstrong y tantos otros que han sacudido la imagen pública de distintos deportes, provocando escándalos también muy rentables por su explotación sensacionalista por parte de muchos medios que habían seguido dócil o interesadamente el juego de los campeones tramposos.
Ante todo, es sugerente la trayectoria del protagonista desde el sano afán de triunfo hasta convertirse en un obseso del mismo, dispuesto a todo con tal de conseguirlo, aumentarlo constantemente y mantenerlo a toda costa. Incluso creando una fundación de lucha contra el cáncer que él mismo había padecido, con lo que consigue una pantalla de respetabilidad e incluso un motivo de mayor admiración popular. Porque, frente a algunos personajes destacados pero también importantes de la historia –el médico italiano organizador del programa de dopaje sistemático al que se refiere el título, el representante del protagonista, el director y el preparador físico del equipo en que milita–, que pueden resultar demasiado esquemáticos en su papel de malos sin matices, el de Armstrong, despreocupándose inteligentemente del eterno problema del parecido físico, está lleno de ambigüedades estimulantes: imbuido de la consabida mitología del éxito por encima de todo, que justifica por sí misma el uso de cualquier medio para alcanzarlo, a veces titubea, otras paree convencido de la normalidad de lo que hace, y otras es pura y simplemente un cínico. De la misma forma que el papel del periodista es toda una crónica crítica de la lucha que debe emprender alguien convencido de la necesidad de investigar algo importante para oponerse a tantas trabas, difamaciones y hasta acciones legales como despliegan contra él estamentos muy poderosos que ven amenazados sus intereses y pretenden eliminarlo de un modo u otro.

Quienes conocen los entresijos del llamado deporte de alta competición sostienen que cuando este deja de ser un esfuerzo físico leal, una competencia limpiamente organizada, un sano espíritu de superación, para convertirse en un espectáculo de masas, que mueve cantidades exorbitantes de dinero entre premios, patrocinios, imagen de grandes compañías transnacionales y demás, es ingenuo o quizás hipócrita escandalizarse porque al amparo de todo eso se lleven a cabo y se ignoren o justifiquen indirectamente maniobras inconfesables y prácticas que cuando logran salir a la luz espantan a tantas mentes bien pensantes que suelen disfrutar con el citado espectáculo mirando hacia otro lado ante todo lo que lo sustenta. Y la nueva película de Stephen Frears aporta material abundante para alimentar esas y otras muchas reflexiones.
FICHA TÉCNICA
Dirección: Stephen Frears. Guion: John Hodge, sobre el libro de David Walsh, «Seven Deadly Sins». Fotografía: Danny Cohen, en color. Montaje: Valerio Bonelli. Música: Alex Heffres. Intérpretes: Ben Foster (Lance Armstrong), Chris O’Dowd (David Walsh), Guillaume Canet (Michele Ferrari), Jesse Plemons (Floyd Landis), Lee Pace (Bill Stapleton), Denis Ménochet (Johan Bruyneel), Edward Hogg (Frankie Andreu), Dustin Hoffman (Bob Hamman). Producción: Anton Capital Ent., StudioCanal y Working Title Films (Reino Unido y Francia, 2015). Duración: 103 minutos.
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