
Ciudadanos, Psoe y Podemos se reúnen para atisbar la posibilidad de un gobierno acorde con los resultados de las últimas elecciones generales. Primera reunión formal, 109 días después de aquellos comicios, tan recurrentes como escasos de expectativas. Varias tempestades sucesivas preludian la cita: unas votaciones en el Congreso, propicias al buen tono y al acuerdo entre quienes dicen buscar el compromiso de un ejecutivo estable, se han saldado con broncas solemnes.
El proceso en marcha ya es cuestión de días. Y todo indica que la investidura terminará en embestidura, como vaticinó haya ya un mes Gonzalo Hidalgo Bayal, porque “Uno ya no sabe qué pensar, señorías y señoríos”.
Juan Sauceda responsabilizaba en este Lagar a los tres partidos de la posibilidad de un acuerdo: No hay otra: pacto a tres, aun reconociendo el derecho de cada una de las formaciones a romper la negociación, siempre que se haga limpiamente, a las claras. Algo se mueve a este respecto, pero en sentido contrario.
En este contexto ilustra, por ejemplo, el debate entre algunos politólogos (un gremio en el que abundan vendedores de humo, expertos en marketing personal y otros que confunden culos y témporas). Ignacio Sánchez Cuenca y Luis Arroyo han mantenido, en infoLibre, uno bien ilustrativo. Ambos reconocen que los partidos tienen derecho a defender intereses distintos y hasta contrapuestos a los de los ciudadanos, y que esa contradicción forma parte de la esencia de la política y hasta del sistema democrático. Si la ideología importa más que la ciudadanía y el futuro del partido más que las dos cuestiones anteriores, las formaciones (en este caso, las cuatro con mayor representación parlamentaria) están legitimadas para hacer de su capa un sayo.
¿Cabe otro punto de vista? Por ejemplo, los partidos deben asumir los resultados electorales y, sobre ellos, articular una salida que resuelva o encauce las cuestiones más perentorias de esta sociedad: conversando, discutiendo, cediendo, pactando.
En estos últimos días, ante lo inaplazable, o todo (compromiso) o nada (nuevas elecciones), quien se proclamaba bastión del consenso confundió su objetivo con una formalidad: bastaba la firma de un papel aunque este resultara irrelevante. El acuerdo Ciudadanos-PSOE no servía de nada, pero tenía el valor de un símbolo; misión cumplida. Y hubo un cierto hedor (no solo olor) a chamusquina.
Rajoy, a estas alturas, sin haber movido un dedo, debe lamentar en este tiempo, sobre todas las cosas, la derrota del Real Madrid. Todo lo demás le sonríe. O así parece. En unas nuevas elecciones su gobierno ya no será el de la legislatura pasada, sino el de la prehistoria. Para qué escudriñar, entonces, en asuntos tan añejos…Pista libre.
Podemos no podrá negar su desafío arrogante, su baladronada histérica, tras las elecciones. El PSOE no podrá negar su secuestro ideológico por unos dirigentes que temen a la izquierda. Los independentistas catalanes no podrán negar que no supieron jugar sus bazas en favor de una salida respetable para sus reivindicaciones.
En el casino de la política, que se protege de los trileros y los tahúres, gana la banca.
