
8M: día de la mujer trabajadora. 8M de 2018: un hito de la reivindicación feminista. A propósito de ello:
Hay algo contradictorio en esta celebración y esta reivindicación tan necesaria que, además, a la vista de cómo se ha gestado y desarrollado, va a tener efectos simbólicos formidables; y también prácticos.
No obstante…
¿Las reclamaciones concretas que se formulan pretenden la igualdad o la equiparación de los estándares femeninos con el estatus masculino tal y como se produce en la sociedad que habitamos? Alcanzar el mismo salario, el mismo nivel en el escalafón, la misma representación en los órganos de poder e influencia: ¿es ese el objetivo? La pregunta no niega la legitimidad y la necesidad de tales aspiraciones, porque se trata de derechos inapelables.
Pero… ¿a cambio de qué tales pretensiones? ¿De que todos (todas y todos, para que quede claro) antepongan las cuestiones laborales, profesionales o representativas a los proyectos más personales; que prioricen el trabajo respecto a la familia, los ingresos a los afectos, la profesión o la actividad pública al regocijo de la lectura y la música?
Siempre que las decisiones se adopten por propia decisión, ¿cabe afirmar que las segundas opciones son menos dignas, satisfactorias o placenteras que las primeras?
La pregunta, aunque no debiera, ofende a la realidad, a la experiencia cotidiana, a la urgencia de una salida. Porque una gran mayoría de mujeres sufre su propia situación a la fuerza.
Sin embargo, las preguntas son necesarias. ¿Se pueden considerar equivocadas o menos reivindicativas las decisiones libres de aquellas mujeres que han antepuesto su vida familiar al afán laboral, profesional, económico, etc.? ¿No implican esas segundas opciones una profunda reivindicación, avalada hasta ahora fundamentalmente por mujeres que con su propia elección reclaman, en última instancia, la transformación de la sociedad en que habitamos? ¿O, simplemente, este planteamiento se halla en la base del conformismo femenino y de la opresión machista?
¿Es necesario estigmatizar a quienes han optado voluntariamente por otras opciones y negarles la búsqueda de un cambio profundo del paradigma que hemos ido asumiendo, tal vez incluso mediante reclamaciones a favor de la igualdad sin voluntad de transformar la realidad que la impide?
Los hombres deberíamos entender, y comprometernos con ello, que nuestras aspiraciones de género, las supuestamente masculinas, solo pueden desarrollarse en un régimen de corresponsabilidad con las mujeres. Y deberíamos comprender también la profunda felicidad que puede provocar la atención a la familia (incluida la propia pareja, si la hubiere) y el disfrute de los aspectos más personales e íntimos.
Igualdad, pues, a través de la corresponsabilidad, no de la uniformidad, y de una crítica radical de los valores marcados por los roles sociales y, de manera muy especial, por la sociedad neoliberal que impone la productividad, el consumo, la competencia e incluso la competición como elementos insoslayables.
Porque, para analizar todo esto con perspectiva, resulta inaplazable asumir que el problema primordial no se dirime solo entre hombres y mujeres (que también), sino, sobre todo, entre ricos y pobres. ¿Ese es el territorio sobre el que se debería hablar de igualdad? ¿O al menos, el más urgente?
¿Será verdad que las principales víctimas del machismo que propicia esta sociedad no pudieron participar en la huelga?
